El Maestre de Campo Sir Julián Romero “El de las Hazañas”


Julián Romero y su santo patrono. El Greco (Museo Nacional de El Prado)
Pasó casi 45 años sirviendo en los ejércitos del emperador Carlos, el rey de Inglaterra Enrique VIII y de Felipe II. En esos años perdió un brazo, una pierna, un ojo y una oreja, lo que le convierte en el “mediohombre” de los Austrias Mayores. Sir y “banneret” (caballero que sirve bajo su propia bandera), comendador de la orden de Santiago, castellano de varias plazas, Maestre de Campo de los Tercios viejos, miembro del Consejo de Guerra y uno de los pocos soldados que mereció los elogios del Gran Alba.
Nació hidalgo en un humilde pueblo de Cuenca y a los quince años se alistó como “mochilero” o mozo de “atambor” en los tercios que el emperador Carlos V estaba reclutando en invierno de 1534. De estos primeros años poco sabemos salvo que participó en la toma de La Goleta y Túnez (1535). Sirvió como soldado en Italia, Flandes y Francia, participando en el asalto de Duren y el asedio de Saint-Dizier en 1544. En el viaje de regreso el mal tiempo obligó a parte de las tropas españolas a refugiarse en el puesto ingles de Falmouth. Reinaba entonces Enrique VIII que seguía siendo un fiel aliado del Emperador.
Inglaterra se encontraba en guerra contra Francia y Escocia por lo que Enrique decidió ofrecer empleo a los españoles, a los cuales el Emperador acababa de licenciar tras firmar la paz con Francia en Crepy (1544). Un buen número de ellos, sin empleo y con las pagas atrasadas, deciden formar un regimiento a las órdenes del Maestre de Campo Pedro de Gamboa al servicio del rey inglés. Julian Romero hizo lo propio con el cargo de capitán de una compañía. Contaba con unos 25 años y diez de servicio en las tropas del Emperador, todo un veterano.
Su primer destino fue Newcastle y al poco tiempo participó en los combates contra los escoceses. Sin embargo, el primero de las hazañas que le dieron fama fue el duelo que mantuvo con Antonio Mora, un capitán español al servicio del rey de Francia Francisco I. Mora había retado en duelo a Gamboa y Julián Romero se ofreció a representarle en el mismo. El duelo tuvo una gran repercusión en toda Europa, por ser dos capitanes españoles pero al servicio de dos reyes distintos.
El duelo se preparó como la ocasión lo merecía y se celebró con gran expectación en 1546 en el Palacio de Fontainebleau con la presencia de Francisco I, el Delfin y los embajadores ingleses. Tras un largo combate venció Romero y en agradecimiento Enrique VIII le nombró Sir.
Dibujo atribuido a Jacobsen grabado por Crispiaiene
En 1547 el capitán Sir Julián Romero se destacó, junto a los arcabuceros españoles, en la batalla de Pinkie Cleugh, la última batalla campal entre escoceses e ingleses y que supuso la primera batalla moderna en las Islas. En agradecimiento el rey le concedió el título de benneret “knight having vassals under his banner”. En 1549 sustituyó a Gamboa como Maestre de Campo y siguió al servicio de Enrique hasta 1551, fecha en que abandonó Inglaterra, fundamentalmente por motivos religiosos, y volvió a enrolarse bajo las banderas del Emperador como capitán.
A partir de este momento y hasta su muerte la vida de Julian Romero discurre junto a las principales campañas y batallas tanto del Emperador como de Felipe II. Intentaré centrarme en las más importantes de toda su larga carrera.
Con su compañía participó en la defensa de Dinant (1554), negándose a rendir la ciudadela. Finalmente tras una añagaza de los franceses fue capturado y tras un corto periodo fue intercambiado junto a otros notables y oficiales.
No hicieron buen negocio de los franceses, ya que participó en la batalla de San Quintín (1557) y donde recibió una herida de mosquete en una pierna. Algunos historiadores afirman que le fue amputada, realmente a Romero le pasó lo mismo que a Cervantes. La herida le causó una pronunciada cojera pero la pierna no fue cortada. De igual forma le pasó con otras heridas que iremos narrando. En la batalla se destacó al punto de que el rey Felipe le concedió el hábito de Santiago. Eso sí, tras el pertinente expediente que justificase tal honor, el cual se conserva en el Archivo Histórico Nacional. Al año siguiente también combatió en Gravelinas de forma admirable.
Tras pasar por diversos destinos como castellano (Damvillers y Douai) regresó a España tras la paz de Cateau-Cambresis (1559), lo que aprovechó para casarse en la iglesia de San Ginés de Madrid. El matrimonio no le impidió participar como capitán en el socorro de Malta (1565) con su compañía, que entonces guardaba Siracusa, formando parte del tercio de Sicilia. Al final de esta campaña fue nombrado Maestre de Campo de dicho tercio.
Con el Tercio Viejo de Sicilia participaría desde 1567 en las principales batallas de la primara fase de la Guerra de los Ochenta años en Flandes, bajo las órdenes del Gran Alba, Luis de Requesens y don Juan de Austria.
En 1568 se significó con su tercio de forma decisiva en la batalla de Jemingen, una de las mayores victorias católicas contra los rebeldes calvinistas. Su unidad, junto al tercio viejo de Lombardía (Londoño) consiguieron, casi en solitario, derrotar a las tropas de Luis de Nassau que tuvo 7.000 bajas por tan solo 80 de los españoles, y es que el uso de las compañías de arcabuces decidió la batalla a favor de los españoles.
Tras pasar un tiempo en España regresó al combate y en 1572 volvió a encabezar al ejército hispánico en una de las encamisadas más gloriosas de la historia de los tercios. Esta se produjo durante el asedio de Mons. Al mando de 600 arcabuceros se introdujo en el campamento de Guillermo de Nassau el cual solamente pudo escapar gracias a los ladridos de su perro que le puso sobre aviso de la presencia de los españoles. Los españoles causaron 600 bajas a los holandeses por tan solo 60 propias, si bien Romero recibió una herida en el brazo “que le dejó manco”, como a Cervantes. A final de ese año durante el asedio de Haarlem perdió la visión de un ojo a causa de un disparo de arcabuz de los holandeses.
A los honores y distinciones anteriores tiene que añadir la de ser nombrado por Felipe II miembro del consejo de Guerra. Prestando destacados servicios entre la muerte de Requesens y la llegada de don Juan de Austria, nuevo gobernador de Flandes.
Firma de Julián Romero
El único tachón en la carrera de Julián Romero fue cuando Luis de Requesens, sustituto de Alba, le confió una pequeña flota que resultó malograda, hundiéndose la propia nave capitana y teniéndose que salvarse Julián a nado. Tras presentarse ante Requesens todavía chorreando le rogo que: “Vuestra excelencia bien sabía que yo no era marinero, sino infante; no me entregue más armadas, porque si ciento me diese, es de temer que las pierda todas” Lo cierto es que su nave estuvo peleando en solitario contra cuatro holandesas, salvándose apenas una decena de sus tripulantes. 
Se resarciría en 1575 participando en la batalla de Mook, donde los holandeses sufrieron miles de bajas, entre ellas dos hermanos de Guillermo de Oranje. Desgraciadamente Requesens no pudo explotar el éxito, ya que estalló un motín por la falta de pagos, además Felipe se declaró en bancarrota y al año siguiente moría Requesens.
En ese año de 1576 Julián acudió con 600 arcabuceros en ayuda de los españoles asediados en Amberes. Los defensores y las tropas de socorro realizaron una salida contra los rebeldes y Julián Romero arremetió por la calle de San Jorge. La victoria fue absoluta dejando los rebeldes más de dos mil muertos por tan solo 14 españoles. Desafortunadamente el rescate terminó en el famoso saqueo de la ciudad que acuño la expresión de “Furia española”, aunque también sea dicho de paso los burgueses de Amberes habían faltado a la palabra dada anteriormente a Sancho de Ávila. Independientemente de ello con el Edicto Perpetuo salían de Flandes todas las tropas españolas.
Por desgracia los rebeldes decidieron incumplir su parte del compromiso y volvieron a las armas, así que don Juan de Austria, volvió a reclamar los servicios de Romero, ahora como Maestre de Campo General de la infantería española. Al amanecer del 13 de octubre de 1577, se puso al frente de las tropas que iban a recorrer el “Camino español” rumbo a Flandes. Tras salir de la ciudad de Alessandria pasada una hora de marcha cayó fulminado de su caballo. Probablemente a causa de una angina de pecho, según nos cuanta Antonio de Marichalar, su principal biógrafo.
Los funerales y el sepelio estuvieron supervisados por su hija ilegítima Juliana, que residía en Cremona, siendo enterrado en Alessandria en la iglesia de Santiago de la Victoria (San Giacomo della Vittoria), de cuya orden era comendador. Cerrada al culto durante muchos años ha sido reabierta en 2015, por lo que hoy en día se puede visitar y ver la placa dedicada a Julián Romero que mandó colocar el marqués de Villafranca, Pedro Álvarez de Toledo.
Placa dedicada a Julián Romero en la Iglesia de San Giacomo della Vittoria de Alessandria

PD: Si entre los lectores se encontrase algún productor o director de cine gustosamente nos ofrecemos a realizar un guión para rescatar del olvido a este personaje. 
Bibliografía:
ALBI DE LA CUESTA, Julio. (2017) De Pavía a Rocroi. Los tercios españoles. Madrid: Desperta Ferro.
CLARAMUNT Alex, RONCO Francisco y SAN CLEMENTE DE MINGO, Tomás (2014): "Soldados en la Edad Moderna", HRM: Zaragoza.
MARICHALAR, Antonio (1952). Julián Romero. Espasa-Calpe.
MARICHALAR, Antonio (1957) “Segunda salida de Julián Romero” Revista de Historia Militar, nº, 1.
MILLAR, Gilbert John (1974) Mercenaries and Auxiliaries: Foreign Soldiers in the Armies of Henry VII and Henry VIII, With Special Reference to Their Origins, Recruitment, and Employment in the French War of 1544--1546. Luisiana: LSU Historical Dissertations and Theses

7.2. La Restauración Borbónica (1874-1902): Los nacionalismos catalán y vasco y el regionalismo gallego. El movimiento obrero y campesino.

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Regionalismo y nacionalismo

En las regiones de la periferia con una lengua diferente de la castellana surgieron durante el periodo de la Restauración movimientos político-culturales regionalistas, Cataluña, Valencia o Galicia, o nacionalistas como en la Vascongadas.

En principio nacieron como un fenómeno cultural a imagen y semejanza de Il Risorgimento italiano, del cual incluso copiaron el nombre, La Renaixença en Cataluña y O Rexurdimento en Galicia. Encontraron un apoyo social en la burguesía y los grupos más conservadores y católicos, de los cuales obtuvieron los recursos económicos necesarios para comenzar su funcionamiento. Sobre todo en Cataluña el componente económico y la necesidad de protección y defensa de la industria textil fue muy importante.

El movimiento de mayor envergadura se desarrolló en Cataluña. Encontró un ideólogo en Valentía Almirall, fundador del primer diario en catalán y del Centre Català. El catalanismo ha sido en ocasiones resumido en dos palabras: arancel y poesía, aludiendo a sus raíces económicas y culturales. La burguesía catalana deseaba una subida de los aranceles para proteger su industria de la competencia de otras naciones, que producían manufacturas de mayor calidad y menor precio, como Inglaterra o Alemania. Además, defendían el culto de la lengua catalana y ciertas tradiciones y costumbres ancestrales, en un mundo que estaba en constante transformación. Las aspiraciones políticas de Cataluña se expresaron en el Memorial de Agravios de 1885, que sería entregado al rey el mismo año de su muerte, recordando la vieja tradición de las cortes medievales. En 1892 se redactaron Las Bases de Manresa que exponía un proyecto semi-independiente centrado en la recuperación de unas Cortes propias elegidas mediante un sufragio de los cabezas de familia, la oficialidad en exclusiva de la lengua catalana, que sólo los catalanes puedan desempeñar cargos públicos incluyendo los gubernativos y los judiciales, acuñar su propia moneda, dictar sus propias leyes, etc. Es decir, una vuelta a la época medieval. Estas bases fueron redactadas en la asamblea de Unió Catalanista, fundada por Prat de la Riba.

El galleguismo ofreció principalmente una vertiente cultural en una etapa en la que, impulsado por el Romanticismo, se sucedieron grandes escritores como Rosalía de Castro o Pondal. Sin embargo, en la figura de Alfredo Brañas y en su obra El Regionalismo, aparecía ya la ambición política, al reclamar la descentralización del Estado y el reconocimiento a Galicia de determinadas competencias. En los años noventa surgieron ligas galleguistas en Santiago y La Coruña, pero quedaron reducidas a grupos de eruditos y tuvieron escasa influencia en la política.

Caso aparte es el nacionalismo vasco, de base más radical y que tenía su principal punto en un concepto racista y xenófobo de la sociedad, una raza superior: la vasca y otra inferior la maketa, término despectivo para designar a los emigrantes no vascos. Su fundador fue Sabino Arana, ex carlista y profundamente católico, que decidió enarbolar la bandera de la defensa de los fueros vascos, perdidos tras la derrota de la sublevación carlista en 1876. A través de la revista Bizkaitarra expuso una ideología que impulsaba el odio a España (números 16 y 31), el uso de la violencia para expulsar a los maketos (número 21), incluso prefería la destrucción de Vizcaya antes de ver contaminada la cultura vasca de ideas maketas. Proponía la total independencia de las vascongadas.

La oposición al sistema

En el último cuarto de siglo XIX, la principal oposición a la monarquía estaba representada por los grupos republicanos. Éstos seguían defendiendo su ideología a través de periódicos de cierta difusión:

  • Superioridad de la república sobre la monarquía: Consideraban el régimen republicano más acorde con la democracia. Frente a los partidos monárquicos, de cuadros, los republicanos formaron el primer partido político moderno de masas.
  • Separación de la Iglesia y el Estado: Opuestos al modelo confesional postulaban un Estado laico, elaborando un programa claramente anticlerical.
  • Sufragio Universal: Seguían defendiendo esta forma de elección, aunque no el voto femenino.
  • Preocupación por los problemas de las clases populares: Destacaba la abolición del impuesto de consumos y sobre todo el odiado sistema de quintas con la redención en metálico. Defendía un servicio militar obligatorio y universal.

El republicanismo se escindió en cuatro grupos: federales (Pi i Margall), progresistas (Ruiz Zorrilla), centralistas (Salmerón) y posibilistas (Castelar) Éste último terminó por aceptar la monarquía colaborando con Sagasta. Los tres restantes se coaligaron y en las elecciones de 1893 triunfaron en Barcelona, Valencia, Oviedo y Málaga, pero lo que más alarmó a los poderes monárquicos fue el triunfo en Madrid.

También apareció en Madrid un partido obrero en 1879 el PSOE, que tenía como cabeza de lista a Pablo Iglesias, aunque no consiguió su primer escaño hasta 1910. En 1886 se inició la publicación de un semanario, El socialista. En 1888 se fundaba la UGT que se extendió sobre todo en Madrid, Asturias y el País Vasco.

El anarquismo se extendió por el campo español entre los braceros de Andalucía en espera del gran día de la revolución. Algunos alzamientos como el de Jerez en 1892 fueron sonados. Los anarquistas creían que mediante la propaganda por el hecho podrían cambiar la sociedad. Asía atentaron contra el Liceo de Barcelona (1893), asesinaron a Cánovas (1897), contra la procesión del Corpus o contra el mismo rey. La influencia del anarquismo fue dominante en Cataluña, Levante y Andalucía.

El socorro de Valenciennes (1656). La última gran victoria de los tercios

Batalla de Valenciennes Dalmau

Mi último artículo para el blog de la editorial Desperta Ferro:

En verano de 1656 la situación en Flandes era delicada, pues un ejército francés de 30.000 hombres al mando de los mariscales de Turena y de La Ferté asediaba la ciudad de Valenciennes, donde resistía, al mando del duque de Bournonville, secundado como lugartenientes por La Motteria y don Francisco de Meneses, una guarnición de 2.000 españoles y 300 jinetes, auxiliados por 6.000 hombres de la milicia de la ciudad.

https://www.despertaferro-ediciones.com/2018/01/26/batalla-valenciennes-1656-tercios/





6.2.- El reinado de Isabel II (1833-1868): las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz. De la sociedad estamental a la sociedad de clases.


1.- INTRODUCCIÓN

Durante el siglo XIX se produce la sustitución de la economía feudal y de la sociedad estamental por un sistema económico capitalista y una sociedad de clases. La nueva sociedad liberal se definirá por la propiedad.

2.- LAS DESAMORTIZACIONES DE MENDIZÁBAL Y MADOZ.

Los cambios agrarios durante la revolución liberal y la desamortización:

La revolución liberal trajo consigo una serie de cambios legales que transformaron el campo español, entre las más importantes podemos destacar la supresión definitiva de la vinculación de las tierras, la abolición del régimen jurisdiccional, la libertad de cercamiento de las tierras, de comercialización de las cosechas y de fijación de precios y la supresión del diezmo, entre otras. Sin embargo, la más importante de todas ellas fue la desamortización de las tierra de las Iglesia y de los concejos. Las primeras medidas desamortizadoras las tomó Manuel de Godoy (1798), continuadas por las Cortes de Cádiz y el Trienio Liberal. 

La medida más importante, desde el punto de vista económico y social, llevada a cabo por el régimen liberal, fue la desamortización de las tierras de la Iglesia y los concejos.

Las desamortizaciones consistieron en la expropiación, por parte del Estado, de las tierras eclesiásticas y municipales para su posterior venta a particulares en subasta pública. En compensación por el patrimonio confiscado a la Iglesia, el Estado se hacía cargo de los gastos del culto y clero. Aunque se dieron algunos precedentes a finales del siglo XVIII, el verdadero proceso de desamortización se desarrolló a partir de 1837 en dos fases, a cada una de las cuales se las conoce por el nombre del ministro que la puso en marcha: la desamortización de Mendizábal y la de Madoz. 

2.1.- La desamortización eclesiástica de Mendizábal (1837-1849)

Como medida previa, en 1835 se disolvieron las órdenes religiosas, salvo las consagradas a la enseñanza o al cuidado de los enfermos, y sus fincas se declararon bienes nacionales, es decir, propiedad del Estado.

La desamortización de Mendizábal (ley de 1837) se inició en una etapa de gobierno progresista y consistió en la venta por subasta de las tierras expropiadas a la Iglesia, por lo que se la conoce también como “desamortización eclesiástica”. Sus objetivos, determinados por la crítica situación que atravesaba el país –primera guerra carlista y estado ruinoso de la Hacienda-, fueron esencialmente tres:

-         Sanear la Hacienda, mediante la amortización parcial de la deuda pública.
-         Financiar la guerra civil contra los carlistas.
-         Convertir a los nuevos propietarios en adeptos para la causa liberal, que necesitaba apoyo social mediante la amenaza carlista.

Algunos historiadores han criticado que primara la finalidad fiscal sobre la reforma social, y se desaprovechara la oportunidad de repartir las tierras entre los campesinos que las habían venido trabajando, como proponían algunos contemporáneos.

2.2.- La desamortización de Espartero (1841)
El 2 de septiembre de 1841 el recién nombrado regente, Baldomero Espartero, impuso la desamortización de bienes del clero secular, proyecto que elaboró Pedro Surra Rull. Esta ley durará escasamente tres años y al hundirse el partido progresista la ley fue derogada.
En 1845, durante la Década Moderada, el Gobierno intentó restablecer las relaciones con la Iglesia, lo que lleva a la firma del Concordato de 1851.
2.3.- La desamortización general de Madoz (1855-1867)

La segunda fase o desamortización general de Madoz (ley de 1855) se inició durante el bienio progresista por parte del ministro de Hacienda Pascual Madoz. Se ejecutó de forma más controlada que la de Mendizábal e incluía todo tipo de tierras amortizadas:

-         Las de la Iglesia aún no vendidas (obras pías, beneficencia…)
-         Las de la propiedad municipal (comunes y de los propios)
-         Las de las órdenes militares.

La situación política y fiscal no era tan grave como en la etapa de la desamortización anterior, ya que la segunda guerra carlista no supuso tanto gasto como la primera y el régimen liberal estaba más consolidado.

Por consiguiente, además de reducir la deuda pública, se pretendía destinar parte de los ingresos obtenidos a financiar la construcción de las infraestructuras necesarias para modernizar la economía, en especial la red de ferrocarriles.
Fue ésta la desamortización que alcanzó un mayor volumen de ventas y tuvo una importancia superior a todas las anteriores. Sin embargo, los historiadores se han ocupado tradicionalmente mucho más de la de Mendizábal, cuya importancia reside en su duración, el gran volumen de bienes movilizados y las grandes repercusiones que tuvo en la sociedad española.
El estado ingresó 7 856 000 000 reales entre 1855 y 1895, casi el doble de lo obtenido con la desamortización de Mendizábal. Este dinero se dedicó fundamentalmente a cubrir el déficit del presupuesto del Estado, amortización de deuda pública y obras públicas, reservándose 30 millones de reales anuales para la reedificación y reparación de las iglesias de España.
Consecuencias socioeconómicas de las desamortizaciones

Las principales consecuencias económicas y sociales de ambas desamortizaciones fueron las siguientes:

-         Se pusieron en cultivo grandes extensiones de tierra, hasta entonces poco o nada explotadas por sus antiguos propietarios.
-         Se sacrificaron los intereses de un sector importante de campesinos, a los que no se reconocieron sus derechos sobre las tierras señoriales o municipales ni se les facilitó el acceso a las propiedades desamortizadas, y sobre todo del clero, cuyas tierras fueron expropiadas. Su descontento empujo a muchos de ellos al carlismo.
-         Las ventas absorbieron una gran cantidad de capitales privados, ya que se calcula que la extensión total de las tierras desamortizadas equivalía a la mitad de las tierras cultivables.
-         La escasez de capital nacional fue la causa de que la escasa industria española se levantara con predominio de capital extranjero (salvo en Cataluña). (Los capitales se invirtieron preferentemente en la compra de tierras desamortizadas y en el negocio de ferrocarriles).
-         En contra de la creencia tradicional, no parece que variara significativamente la estructura de la propiedad: en general, no hubo concentración ni dispersión de tierras, sino tan sólo cambios de propietarios.
-         A fines del siglo XIX la base económica del país seguía siendo una agricultura de escasos rendimientos, que ocupaba a las dos terceras partes de la población activa y generaba más de la mitad de la renta nacional.

3.- DE LA SOCIEDAD ESTAMENTAL A LA SOCIEDAD DE CLASES.

La sociedad industrial supuso la aparición de grupos nuevos: empresarios, obreros, etc. Se caracterizó por la igualdad, al menos en teoría, y por la movilidad. La fortuna decidía el nivel social del individuo (sociedad de clases) y nobleza y clero perdieron sus privilegios.

La nobleza perdió influencia, se sentían poco inclinados a arriesgar sus fortunas en empresas industriales. Sostener con rentas agrarias un estilo de vida dispendioso llevó a algunas casas nobiliarias a la ruina, como a la familia de los Osuna, la mayor contribuyente al inicio del reinado de Isabel II. A pesar de ello, los nobles consiguieron pasar el siglo relativamente inmunes, fundamentalmente porque asumieron dos estrategias: el enlace matrimonial con las grandes familias burguesas y la alianza con los empresarios. En el terreno político los nobles siempre se mantuvieron próximos al trono, monopolizando cargos en el Palacio Real, ocupando puestos en el Senado o formando parte, sobre todo, de los primeros Gobiernos liberales. Además la Corona concedió de forma generosa títulos nobiliarios durante el siglo a hombres de empresa, como el marqués de Salamanca, militares Narváez (duque de la Torre), O´Donnell (duque de Tetuán), Prim (marqués de Castillejos), aunque nadie acumuló tantos títulos como Espartero (duque de la Victoria y príncipe de Vergara). En el terreno económico la nobleza entró en los consejos de administración de las empresas como presidentes o consejeros, más que por la aportación de capital debido a su cercanía las grandes esferas de decisión. En el terreno social la burguesía imitó los hábitos aristocráticos, a diferencia del resto de Europa.

El clero fue el grupo social que recibió la más fuerte embestida del régimen liberal. La eliminación de sus privilegios, especialmente en el campo económico con las sucesivas desamortizaciones privaron a la Iglesia de sus propiedades agrarias y la extinción del diezmo cerró otra fuente de financiación. A partir de 1840 el clero dependía de un presupuesto muchas veces insuficiente lo que hizo disminuir de forma notable al clero regular, monjas y frailes, no así tanto al clero secular, el que atendía catedrales y parroquias. En 1837 la Hacienda pagaba la manutención de 24.000 frailes, en 1854 se había reducido a unos 8.000. El bajo clero defendió el carlismo, especialmente en 1833-1840, por su parte la jerarquía se mostró hostil a cualquier avance hacia la tolerancia religiosa (1856), la libertad de cultos (1869) o la separación entre Iglesia y Estado (1873). Aún así, en las poblaciones pequeñas el clero mantenía un protagonismo del que carecía ya en las grandes ciudades.

El término burguesía englobaba desde empresarios a abogados, periodistas, etc. Pero fundamentalmente hace referencia en este periodo a hombre de negocios. Los burgueses obtuvieron beneficios diversificando sus actividades, banqueros como Remisa O´Shea prestaban al Estado, Safont con la administración de servicios urbanos y suministros al ejército. Banqueros y administradores tuvieron en Madrid su centro de actividad. En Barcelona y Bilbao, las fortunas se debieron a inversiones en actividades industriales y comerciales.

Las clases medias estaban integradas fundamentalmente por una serie de profesionales liberales como los abogados, muchos de los cuales posteriormente hacían carrera política. Los periodistas como Fernández de los Ríos, liberal, o Escobar, conservador, que disfrutaron de una gran influencia. Con la extensión de la enseñanza, la cátedra, y por antonomasia la de universidad, se convirtió en otro puesto de relevancia social. Los funcionarios configuraron uno de los grupos más inestables, sobre todo con la figura del “cesante” cada vez que cambiaba el Gobierno. También hay que señalar a arquitectos como Arturo Soria o médicos el doctor Esquerdo o Jaime Vera.

En una sociedad agraria como la española del siglo XIX, el núcleo más amplio de la población estaba formado por campesinos. Los jornaleros representaban un amplio colectivo, con tasa de analfabetismo del 80% en Sevilla y del 78% en Cádiz. En las áreas urbanas existía un amplio artesanado lo que explica la debilidad del obrerismo español. Otros grupos de las clases populares eran los criados y dependientes, sobre todo los primeros, ya que las familias de clase alta disponían de un elevado número de servidores domésticos. Por su parte los dependientes del pequeño comercio tenían una categoría similar a la de los criados.




6.1. El reinado de Isabel II (1833-1868): la primera guerra carlista. Evolución política, partidos y conflictos. El estatuto real de 1834 y las Constituciones de 1837 y 1845

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1.- LA CUESTIÓN DINÁSTICA Y LA GUERRA CARLISTA

1.1.- La cuestión dinástica

El final del reinado se vio marcado por la cuestión sucesoria. Fernando no tenía descendencia pese a sus tres matrimonios previos, así que en 1829 se casó con su sobrina María Cristina de Borbón, que a los pocos meses queda embarazada planteando el problema sucesorio. Los absolutistas moderados aliados con los liberales y sectores de la aristocracia partidaria de las reformas políticas y económicas apoyaron a la nueva reina, en quien veían la única posibilidad de cambio. Por otro lado los absolutistas intransigentes se alineaban con don Carlos.

Fernando VII promulgaba el 29 de marzo de 1830 la Pragmática Sanción que eliminaba la Ley Sálica y restablecía la línea sucesoria de las Partidas. Significaba poner en vigor una decisión aprobada por las Cortes de 1789, lo que, si bien era legal desde el punto de vista jurídico, no dejaba de ser una medida polémica. Protestada por los carlistas como un atentado contra los derechos de infante don Carlos, se convirtió en un conflicto de primera magnitud cuando en octubre nace la infanta Isabel, convertida en heredera.
En septiembre de 1832 se van a producir los sucesos de la Granja, cuando sucesivas intrigas palaciegas, ante el lecho del Rey agonizante, consiguen que Fernando firme la supresión de la Pragmática. Pero, sorprendentemente el Rey se restablece y vuelve a ponerla en vigor. Inmediatamente destituye a los principales ministros carlistas, defenestrando a Calomarde y sustituyéndole por Cea Bermúdez, al tiempo que la reina María Cristina es autorizada a presidir el Consejo de Ministros.

Rápidamente de decreta la reapertura de la Universidades, cerradas desde 1830 por Calomarde, y se decreta una amnistía general, que libera a los presos políticos y permite la vuelta de los exiliados. Los capitanes generales más intransigentes fueron sustituidos por mandos fieles a Fernando VII y en abril Carlos abandona la Corte y se traslada a Portugal.

El 29 de septiembre de 1833 moría el rey Fernando VII, apenas dos días después, el 1 de octubre, don Carlos publicaba el Manifiesto de Abrantes reclamando para sí el trono como legítimo heredero. A partir del día 3 diversas autoridades locales le reconocen como su legítimo soberano, como Talavera de la Reina, Bilbao o la diputación de Álava.

1.2.- Los carlistas

El carlismo tuvo un fuerte componente ideológico y de clase estando formado por los absolutistas más intransigentes, herederos de los firmantes del manifiesto de los realistas puros de 1826. Eran partidarios del legitimismo, la alianza entre el trono y el rey y la vuelta al gobierno clásico del Antiguo Régimen. Su lema sería “Dios, Patria y Rey”

Socialmente el carlismo estaba apoyado por parte de la nobleza y miembros ultraconservadores de la administración y el Ejército. Además del bajo clero, especialmente el clero regular, parte del campesinado e importantes sectores del artesanado.

Desde el punto de vista territorial sus principales apoyos estaban en el ámbito rural, la zona Norte, en el País Vasco, Navarra, Cataluña y el Maestrazgo

3.- LAS GUERRAS CARLISTAS

3.1.- La primera guerra carlista (1833-1840)

En ella el bando cristino o isabelino, agrupado en torno a la regente María Cristina y su hija Isabel II, tenía el respaldo de los sectores moderados y reformistas del absolutismo y de los liberales.

Eran la mayor parte de los generales, del Ejército, la administración y altas jerarquías de la Iglesia. También la burguesía de negocios, los intelectuales y profesionales, las clases medias urbanas, obreros industriales y una parte del campesinado.

Geográficamente era la mitad sur de España y las ciudades. Además, contaron con el apoyo internacional, militar y diplomático, de la cuádruple alianza (Portugal, Inglaterra y Francia)
Los inicios de la guerra fueron favorables a los carlistas, sobre todo en el norte, donde el general Zumalacárregui derrotaba a las tropas gubernamentales y ponía sitio a Bilbao, donde moría en 1835.

En 1836 el general isabelino Espartero derrotaba a los carlistas en la batalla de Luchana y levantaba el segundo sitio de Bilbao.

Los carlistas intentaron varias expediciones al sur, el general Gómez en 1836 y la expedición Real en 1837 que intentó, sin éxito, tomar Madrid.

Finalmente, el general carlista Maroto firmará el convenio de Vergara, en 1839, con el isabelino Espartero. A cambio de entregar las armas y reconocer a Isabel como reina los carlistas no sufrirían represalias e incluso continuar en el Ejército.

La guerra terminó en 1840 cuando Espartero derroto al general carlista Cabrera en el Maestrazgo.

2.- LAS REGENCIAS (1833-1840)

2.1.- La Regencia de María Cristina: 1833-1840

La Regencia de María Cristina se inicia en octubre de 1833 tras la muerte de Fernando VII. Se continúa con el mismo presidente del Gobierno, el absolutista moderado Cea Bermúdez, este publicó un manifiesto en la que indicaba que las únicas reformas políticas a las que estaba dispuesto a emprender eran las administrativas y manifestaba su intención de defender el régimen frente a toda innovación religiosa o política e insistía en mantener las leyes fundamentales de la Monarquía. Con un país en guerra este proyecto era claramente inviable, fue entonces cuando los capitanes generales de Cataluña, Llauder, y de Castilla, Quesada, enviaron sendos manifiestos a la reina gobernadora aconsejando la destitución de Cea, además otros consejeros como el marqués de Miraflores la recomendaron buscar un Gobierno más aperturista. En enero de 1834 María Cristina sustituyó a Cea por Martínez de la Rosa, liberal doceañista que ya había presidido un gobierno moderado durante el Trienio Liberal.

Desde 1834 el régimen inicia una tímida apertura política, pero tanto la reina gobernadora como sus ministros Martínez de la Rosa y el conde de Toreno, fueron reacios a acometer las drásticas reformas necesarias para sanear la Hacienda, relanzar la actividad económica, democratizar el sistema y ganar la guerra.

El cambio más importante fue la aprobación en abril de 1834 del estatuto Real, se trataba de una cara otorgada que seguía el modelo impuesto por Luís XVIII en Francia en 1817. Era una concesión de la Corona, constaba de 50 artículos y era obra fundamentalmente de Martínez de la Rosa. Se excluía cualquier mención a la Soberanía Nacional, se establecían unas Cortes bicamerales, con un Estamento de Próceres y un Estamento de Procuradores. El primero lo componían representantes de la nobleza, clero y miembros ricos de las clases burguesas, se exigía un nivel de renta y los puestos eran de designación real y vitalicios. La segunda cámara era electiva mediante sufragio censitario indirecto, sólo pudiendo ser elegidos aquellos que tuviesen una renta de 12.000 reales anuales. La convocatoria correspondía exclusivamente a la Corona, sólo podían discutir lo que se les consultara y podían ser disueltas a voluntad del Rey. Este sistema político apenas permitía la participación de los grandes propietarios, se calcula que apenas 16.000 españoles reunían las condiciones exigidas para votar.

Aún así los miembros de las Cortes fueron más liberales que los ministros y el mismo liberalismo fue evolucionando en dos tendencias, los moderados y los progresistas. Los Gobiernos de Martínez de la Rosa y el conde de Toreno se ciñeron al Estatuto Real, evitaron los cambios en el sistema fiscal, lo que dejó al ejército sin recursos para la guerra, y sostuvieron la censura de prensa. En las grandes ciudades la tensión fue en aumento. EL regreso de los liberales exiliados, la proliferación de periódicos, clubes de debate, tertulias de café, y en definitiva, la formación de una opinión pública, fueron caldeando el ambiente. En el verano de 1834 el cólera se propagó por varias ciudades, tras difundirse el rumor de que los frailes habían envenenado las aguas, se produjeron varios asesinatos y quema de conventos. Los disturbios de verano de 1835, con el asesinato del general Bassa, nuevas quemas de conventos y el incendio de la fábrica Bonaplata en Barcelona, llevaron a la formación de Juntas Revolucionarias en varias ciudades. La Regente se vio obligada a aceptar la dimisión de Toreno y a nombrar a Mendizábal jefe de Gobierno en septiembre.

Con la llegada de Mendizábal, un financiero progresista de prestigio y que contaba con el apoyo de sectores influyentes en las Bolsas europeas, se inició verdaderamente la revolución liberal. En los pocos meses que estuvo al frente del Gobierno emprendió reformas fundamentales para lo cual asumió personalmente las carteras de Estado, Guerra, Marina y Hacienda. Su programa incluía la reforma de la Ley Electoral de 1834 para ampliar el derecho al voto y establecer la elección directa, el restablecimiento de la libertad de imprenta, la resolución del problema del clero regular, la reforma a fondo de la Hacienda y la recuperación del crédito público para ganar la guerra.

Mendizábal estableció un reclutamiento forzoso que permitió alistar 47.000 hombres y ampliar la rebautizada Guardia Nacional. Para conseguir fondos recurrió a los empréstitos extranjeros y a los impuestos extraordinarios, restableció la Ley de supresión de conventos de 1820, ampliando incluso sus efectos mediante un decreto de marzo de 1836. Su principal medida fue sin duda la desamortización, mediante decreto de febrero de 1836, base para el posterior arreglo de la Deuda y para la reforma fiscal.

Mendizábal quiso gobernar con el apoyo de las Cortes, pero poco a poco se fue distanciando de las cámaras, en enero de 1836 tras rechazar estas su proyecto de reforma de Ley Electoral, que ampliaba el derecho de voto hasta 65.000 electores, consiguió que la Regente disolviera las Cortes y convocara nuevas elecciones. Pese a tener una mayoría progresista María Cristina se negó a aceptar los cambios de mandos militares propuestos por Mendizábal, quien se vio obligado a dimitir.

Se nombró a Isturiz como nuevo jefe de Gobierno, al rechazar las Cortes el nombramiento fueron nuevamente disueltas, esto provocó protestas que se extendieron a varias ciudades: en julio algunas guarniciones de la Milicia Nacional se amotinaron (Málaga, Granada, Sevilla, Córdoba), mientras en Zaragoza en general Evaristo San Miguel se sublevaba. El 12 de agosto la guarnición de la Guardia Real de La Granja se pronunció a favor de la Constitución de 1812 obligando a la Regente ese mismo día a su nueva puesta en vigor.

Tras el motín de los sargentos de La Granja formo Gobierno un progresista, José María Calatrava, teniendo como ministro de Hacienda a Mendizábal y se convocaron nuevas elecciones según el modelo unicameral de Cádiz.

El Gobierno progresista emprendió un amplio programa de reformas con tres objetivos básicos: la instauración de un régimen liberal, el impulso de la acción militar para ganar la guerra y la elaboración de una nueva constitución. Se restableció la legislación de Cádiz y el Trienio, se reforzaron las competencias de las autoridades provinciales, se entregó el mando del Ejército a Espartero y se tomaban severas medidas para acabar con los apoyos del carlismo en retaguardia, sobre todo por parte del clero. Además era evidente que ni la Constitución de 1812 ni el Estatuto Real servían como marco político por lo que las Cortes aprobaron una nueva Constitución en junio de 1837.

La Constitución de 1837 era de orientación progresista. Reconocía la Soberanía Nacional, realizaba una pormenorizada declaración de derechos individuales, reforzaba el poder del ejecutivo, otorgaba el poder legislativo de manera conjunta a las Cortes y la Corona, además este tenía el derecho de convocar, suspender o disolver las Cortes y tenía derecho de veto. Se establecieron dos cámaras, Congreso, elegido mediante sufragio censitario, y el Senado, elegidos por el Rey mediante ternas propuestas por los electores. El Rey nombraría a sus ministros, pero estos podrían ser objeto de censura por las Cortes.

En las elecciones de octubre de 1837 ganaron los moderados, esto fue posible por el sitio de Madrid y el escándalo que se produjo al conocer las negociaciones secretas llevadas a cabo por el Gobierno durante el mismo. En los tres años siguiente se sucedieron Gobiernos moderados que fueron ganando las sucesivas elecciones a Cortes, pero a nivel municipal vencían los progresistas, al restablecerse la antigua Ley de Municipios que permitía el voto de los vecinos. La vida política transcurrió con enfrentamientos entre las dos tendencias liberales hasta el final de la guerra en 1840.

Con el final de la guerra desapareció la última razón de consenso entre ambos partidos. El Gobierno moderado intentó modificar la Ley de Municipios y establecer un sufragio restringido, al ser aprobada la ley los progresistas promovieron una ola de protestas en verano de 1840 y pidieron la intervención de Espartero, héroe popular. María Cristina viajó a Barcelona para intentar convencer al general pero este rehusó. Al firmar la Regente el decreto la Milicia Nacional y el Ayuntamiento de Madrid se sublevaron el 1 de septiembre. Como resultado de ello María Cristina presentó su renuncia como regente el 12 de octubre de 1840 y marchó al exilio.

2.2.- La Regencia de Espartero: 1840-1843

La renuncia de María Cristina creó un problema constitucional, finalmente Espartero asumió una regencia unipersonal en mayo de 1841 hasta su fracaso y caída en 1843.

Una de las razones estuvo en la división de su partido, el progresista, entre los más radicales, partidarios de profundizar en las reformas, y el resto del mismo, más partidario de consolidar el sistema liberal. Una segunda causa fue el fracaso de su política económica, amplió la desamortización pero beneficiando a los propietarios, lo que le alejó del apoyo popular, e intentó llevar al país hacia el libre comercio, con lo que se enfrentó a los industriales textiles y a los trabajadores.

El personalismo de Espartero y su talante militarista fueron otros factores de su fracaso. En 1841 sofocó violentamente un intento de pronunciamiento moderado, ejecutando a los generales Montes de Oca y Diego de León y recortando los privilegios forales vascos por la colaboración de dichas provincias en la intentona. En 1842 el temor a un acuerdo de libre comercio con Inglaterra que pudiera hundir la industria textil catalana produjo disturbios y manifestaciones en Barcelona. EL 13 de noviembre la Milicia tomó la ciudad y se enfrentó a las tropas del capitán general van Halen. El propio Espartero ordenó el 3 de diciembre el inicio del bombardeo sobre la ciudad, tras 1000 disparos de cañón y 400 edificios destruidos se rendía la ciudad. La dura represión que siguió empujó a todos los sectores sociales de Cataluña a la oposición al regente.

En 1843 tras unas nuevas elecciones, que dejaron a Espartero sin apoyos, se formó una auténtica coalición antiesparterista. Este encargó formar Gobierno al progresista Joaquín María López, pero el programa de éste limitando los poderes del regente y el rechazo de Espartero le llevaron a dimitir. La insurrección se generalizó en verano de 1843, los progresistas se sublevaron ante la tiranía del general y triunfó gracias al apoyo de los moderados, el ejército dirigido por Narváez se pasó a los insurrectos y el 12 de agosto Espartero partía al exilio en Londres.

Ante la falta de alternativas, los diputados y senadores votaron el adelantamiento de la mayoría de edad de Isabel II que fue proclamada reina en noviembre de 1843, cuando todavía ni había cumplido los 13 años de edad. Los moderados, regresados del exilio, tomaron posiciones en la corte y Narváez se convertía en el hombre fuerte del momento. Una nueva insurrección en Barcelona era duramente reprimida por un entonces joven general Prim.

Tras la dimisión de López en noviembre le sucedió el progresista Salustiano Olózaga, que fue desalojado del poder gracias a un verdadero golpe palaciego de los moderados, terminando así el gobierno progresista. Desde diciembre de 1843 el nuevo jefe de Gobierno, González Bravo, emprendió una política claramente regresiva. Ordenó la disolución de las Milicias, aumentó el tamaño del ejército hasta los 100.000 hombres y restableció la Ley Municipal de 1840. Se dieron órdenes de detención contra los principales líderes progresistas y se cerraron sus clubes y periódicos. Además el Ejército aplastó dos sublevaciones militares en Cartagena y Alicante, con el resultado de más de 200 fusilamientos. El 1 de mayo de 1844 la Reina nombró presidente de Gobierno al general Narváez, líder ya indiscutible del partido moderado.

 3.- EL REINADO EFECTIVO

3.1.- La década moderada 1844-1854

Con el Gobierno del general Narváez se inicia la década moderada, presidida por la figura de Narváez, hombre fuerte del partido, y en menor medida por Luís Bravo Murillo. Narváez controló la vida política tanto como jefe de Gobierno como cuando dejó de presidir el gabinete. Buen organizador fue el artífice de la Constitución de 1845 y algunas de las principales reformas legales, controló al Ejército y reprimió con extremada dureza a los movimientos populares.

Los primeros meses del gobierno de Narváez presentan una continuidad con la línea política llevada por González Bravo. Se convocaron elecciones para elegir unas Cortes constituyentes que aprobaron en 1845 una constitución moderada, que en teoría era una reforma de la de 1837. Los principios básicos de la nueva Constitución eran los siguientes: una Soberanía compartida entre el Rey y la Cortes, una declaración de derechos muy teórica, la exclusividad de la religión católica, la eliminación de los límites de los poderes del Rey, un Senado de miembros vitalicios nombrados por la Corona, ayuntamiento y diputaciones sometidos a la Administración al ser designados, poder de la Corona para disolver el Congreso y supresión de la Milicia Nacional.

Además se produjo una importante obra legislativa y reforma del Estado. En 1846 se aprobaba una Ley Electoral mediante sufragio censitario que limitaba el voto a 99.000 personas sobre una población de unos 12 millones (en 1837 votaban 635.000 personas). Desde 1844 se suspendieron las ventas de bienes desamortizados y se devolvieron a la Iglesia los no vendidos. Se aprobó una Ley de Imprenta que restringió la libertad de publicar y se restableció la censura. Ese mismo año se creó la Guardia Civil con el objetivo de asegurar el orden y la propiedad sobre todo en el ámbito rural. Contaba con 6.000 efectivos y se caracterizaba por la disciplina militar, las Casas Cuartel y su actuación por parejas. En 1851 se aprobaba un nuevo Código Penal y se sentaban las bases del futuro Código civil. Siguiendo el modelo francés y la reforma provincial de Burgos de 1833 se fortaleció el poder de Gobernadores civiles y militares. Finalmente en 1845 se reformaba la Hacienda eliminando el viejo sistema fiscal y refundiendo los numerosos impuestos existentes en cuatro tributos esenciales.

En 1851 se firmaba el Concordato con la Santa Sede siendo jefe de Gobierno Bravo Murillo. Se normalizaban las relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica. Roma aceptaba la venta de los bienes desamortizados y la legitimidad de la monarquía isabelina. A cambio, el Estado restituía a la Iglesia el resto de sus bienes, establecía un presupuesto de culto y clero y reservaba a los religiosos la supervisión de la educación y la vigilancia y censura en materia doctrinal. Regulaba la jurisdicción eclesiástica y la intervención del Estado en los nombramientos de la jerarquía.

Durante los primeros años un grave problema fue el matrimonio de la reina, finalmente unida a su primo Francisco de Asís. Otro conflicto serio fue la Segunda Guerra Carlista, iniciada en 1846 al fracasar el enlace entre el pretendiente carlista y su prima Isabel. En 1848 al igual que en toda Europa se produjeron sublevaciones, Narváez obtuvo plenos poderes de las Cortes, suspendió las garantías constitucionales y emprendió una durísima represión en las calles.

La crisis del partido moderado se produjo a partir del intento del jefe de Gobierno Bravo Murillo (1851-1852) de reformar la Constitución. Presentó un proyecto de reforma que prácticamente significaba la eliminación de la vida parlamentaria y casi una vuelta al absolutismo. Tres semanas después de presentar su proyecto, en diciembre de 1852, tuvo que dimitir sucediéndose varios Gobiernos a cual más ineficaz. A finales de 1853 era jefe de Gobierno Sartorius que había disuelto las Cortes y gobernaba de forma dictatorial.

3.2.- El Bienio Progresista (1854-1856)

Este periodo comenzó con la revolución de 1854. El inicial pronunciamiento de general Leopoldo O´Donnell fracasó tras un enfrentamiento con las tropas del Gobierno en Vicalvaro, la Vicalvarada. Pero los pronunciados publicaron el Manifiesto de Manzanares, redactado por Antonio Cánovas del Castillo. Prometía un estricto cumplimiento de la Constitución, cambios en la Ley Electoral y de Imprenta, reducción de los impuestos y la restauración de la Milicia Nacional. Apoyado por los también generales Serrano, Dulce y San Miguel y por la población el golpe triunfó e Isabel II encargó el 26 de julio formar Gobierno al viejo general Espartero con O´Donnell como ministro de la Guerra.

Como primeras medidas los militares golpistas se auto ascendieron, se recuperó la Ley de Milicias de 1822, la Ley municipal de 1823 y se convocaron Cortes Constituyentes. En estas elecciones apareció una nueva fuerza política la Unión Liberal. Era un partido con vocación de centro, estando integrado por los más moderados de los progresistas y los más progresistas de los moderados como Joaquín María López, Posada Herrera, Cánovas o el mismo O´Donnell.

La coalición de unionistas y progresistas pasó a dominar abrumadoramente las cámaras. Demócratas y republicanos formaban la oposición con Castelar o Pi i Margall como figuras destacadas. Además de la constitución que debía sustituir a la de 1845 y que nunca entró en vigor sus principales reformas fueron la Desamortización de Madoz de 1855, la Ley de Ferrocarriles y la de Sociedades Bancarias y Crediticias de 1856.

La Constitución de 1856 era la imagen del pensamiento progresista. Soberanía nacional, una detallada y precisa declaración de derechos individuales, libertad de imprenta y religiosa, limitación de los poderes de la Corona y del Gobierno, los ayuntamientos y diputaciones pasaban a ser electivos, se restablecía la Milicia Nacional, el Senado sería electivo y se ampliaba el derecho de voto a 700.000 personas mediante sufragio censitario.

La Ley de Desamortización General se promulgó el 1 de mayo de 1855 siendo ministro de Hacienda Pascual Madoz. Se trataba de completar la de Mendizábal de 1836 mediante la subasta pública de toda clase de propiedades rústicas y urbanas pertenecientes al Estado, la Iglesia y los propios y baldíos de los municipios. Parte de los ingresos se destinaron a poner en marcha la Ley de Ferrocarriles de 1855. Se pasó así de 200 km de vías en 1853 a más de 5.000 en 1866 y se amasaron grandes fortunas especulando en Bolsa con las acciones de las empresas ferroviarias. La Ley de Sociedades Bancarias y Crediticias de 1856 permitió el surgimiento de un mercado financiero moderno.

Una de las claves del fracaso del Bienio fue el permanente clima de inestabilidad social. En 1854 se produjo una epidemia de cólera, se vivió un alza del precio del trigo como consecuencia de la guerra de Crimea, las malas cosechas, las tensiones entre patronos y obreros y sobre todo por el incumplimiento del Gobierno de las promesas hechas al principio del periodo. En Barcelona se produjo una huelga general en verano de 1855 tras la ejecución del líder obrero José Barceló. En octubre el Gobierno aprobó una Ley de Trabajo que reducía el trabajo infantil a “sólo” 12 horas, se permitían asociaciones obreras que no superasen los 500 miembros y se establecían jurados integrados sólo por patronos.

En los primeros meses de 1856 se sucedieron violentos motines en el campo castellano y las principales ciudades. El Gobierno perdió el apoyo de las Cortes y en julio la reina aceptó la dimisión de Espartero encargando formar Gobierno a O`Donnell. La protesta de las Milicias fue duramente reprimida por Serrano que llegó a bombardear el recién construido Congreso de los diputados.

3.3.- El Gobierno de la Unión Liberal 1856-1868

La Unión liberal será el partido que dominará la vida política durante este periodo, incluía a militares como O`Donnell o Serrano ya miembros de los viejos partidos como Alonso Martínez, Ríos Rosas o Cánovas. Mientras se mantuvo la etapa de cierta prosperidad, hasta 1863, la Unión Liberal consiguió ejercer el poder sin graves problemas, desde ese año una crisis económica llevó a los Gobiernos a una actitud cada vez más intransigente.

Tras un breve periodo de Gobierno de O`Donnell en octubre Isabel II encargó la formación de un nuevo gabinete al general Narváez. Éste suspendió la desamortización, anuló todas las disposiciones de libertad de imprenta y cuantas se opusieran al Concordato y restableció el impuesto de consumos. 1856 y 1857 fueron años de malas cosechas y las protestas fueron duramente reprimidas. En materia legal, desarrolló una importante legislación financiera, se multiplicó la moneda en circulación y se continuó la política de obras públicas y construcciones ferroviarias. En 1857 se hizo el primer censo demográfico de población y se aprobaba la Ley de Instrucción Público, conocida como Ley Moyano.

En julio de 1858 la reina llamó al Gobierno a O´Donnell que comenzó su “gobierno largo” más abierto que Narváez era igual de autoritario. Otra figura destacada fue Posada Herrera “El gran Elector” que desde el ministerio de la Gobernación aseguraba la mayoría a su partido en las Cortes. Hasta 1863 hubo una estabilidad política, fue una etapa dorada para la especulación y la construcción ferroviaria, de la aparición y crecimiento de las sociedades de crédito y de los bancos, de una nueva expansión de la industria textil catalana y del surgimiento de los primeros altos hornos en Vizcaya y Asturias.

Sólo hubo dos problemas a destacar, por un lado en 1869 el conde de Montemolín intentaba un golpe de Estado en San Carlos de la Rápita, siendo detenido. Y en junio de 1861 se producía una insurrección campesina en Loja sofocada con la habitual dureza.

3.4.- La política exterior de la Unión Liberal

A lo largo del siglo XIX España había carecido de una política exterior clara, lo que provocó una dependencia de Londres y París, hasta el punto de ver la ingerencia de ambas potencias en el asunto de los matrimonios de Isabel II y su hermana Luisa Fernanda entre 1845 y 1846. Sin embargo el Gobierno de la Unión liberal desarrolló una activa y agresiva política exterior para exaltar la conciencia patriótica y desviar la atención de los problemas internos.

La primera intervención fue la expedición hispano-francesa a Indochina (1858-1863). Luego la Guerra contra Marruecos (1859-1860). Tras las victorias de Castillejos y Wad-Ras se firmó una paz por mediación británica. La tercera intervención fue en el Méjico de Juárez en 1862 que terminó con la retirada española. Otras dos fueron la reincorporación de Santo Domingo en 1861 y la Guerra del Pacífico en 1866.

3.5.- La crisis final del reinado (1863-1868)

La unión liberal se descomponía ante la falta de objetivos políticos y el desgaste que producía el ejercicio del poder. Militares como Prim y políticos como Sagasta se alinearon abiertamente con la oposición al sistema.

Los primeros síntomas de la crisis se produjeron en 1864 al comenzar a detenerse las construcciones ferroviarias, faltaron inversiones extranjeras, los precios cayeron, se produjo una falta de algodón y en 1866 un crack bursátil en toda Europa supuso la ruina de muchos pequeños inversores.

A todo ello hay que sumarle el clima de descontento político. En 1864 comenzó a enrarecerse el clima universitario. Determinados profesores krausistas como Sanz del Río, Canalejas o Cautelar defendían una apertura. En octubre de 1864 el ministro de Fomento, Alcalá Galiano, distó una Real Orden prohibiendo la difusión desde las cátedras de ideas contrarias a la religión católica, la monarquía o la Constitución. Desde la prensa Castelar o Salieron protestaron por el recorte de la libertad de cátedra, pero cuando se vendió parte del patrimonio nacional para cubrir el déficit y resarcir a la reina con el 25% de las ventas un artículo de Castelar se criticaba la legalidad de la operación. El Gobierno expedientó a Castelar y ordenó al rector Montalbán su expulsión. Éste rehusó y dimitió. Los estudiantes solicitaron permiso para una serenata de despedida. La noche del 10 de abril de 1865 se produjo un enfrentamiento entre miles de estudiantes y fuerzas de la policía que se saldó con 9 muertos y centenares de heridos. Las protestas por la matanza de la noche de San Daniel se generalizaron, además algunos de los estudiantes muertos pertenecían a familias influyentes. El propio Alcalá Galiano murió de un ataque de apoplejía y la reina llamó a formar Gobierno a O´Donnell.

El 22 de junio de 1868 se producía la sublevación del Cuartel de San Gil, donde 1.200 artilleros se amotinaron e intentaron hacerse con el control de Madrid. El cuartel fue tomado al asalto produciéndose 60 muertos a los que habría que sumar 66 ejecutados. Otro intento en Gerona fue aplastado por Narváez y el mismo Prim tuvo que exiliarse al fracasar su pronunciamiento en Villarejo de Salvanés. Narváez suspendió la Cortes, cerró todos los periódicos críticos y persiguió a cualquiera que criticase al Gobierno.

En 1868 progresistas, demócratas y republicanos firmaban el Pacto de Ostende. En 1867 moría O´Donnell y en 1868 lo hacía Narváez. Cuando Serrano y la misma unión liberal se unieron al pacto estaba claro que era el fin de la monarquía isabelina que se produciría en septiembre de 1868 tras la Revolución Gloriosa.