TOLOSA 1814: valor y disciplina

Batalla de San Marcial (1813) Autor: Augusto Ferrer-Dalmau

Con la sublevación del 2 de mayo de 1808 en Madrid comenzaba una guerra donde los españoles, sus nuevas instituciones de gobierno y las Fuerzas Armadas, librarían una lucha desigual frente a un enemigo muy superior que en ese momento era el amo y señor de prácticamente toda Europa, la Francia del Emperador Napoleón Bonaparte. La relación de fuerzas iniciales era dramática y el ejército francés al mando del mariscal Murat, cuñado del emperador y responsable de la represión del levantamiento patriótico en Madrid, prevé una corta campaña victoriosa. Sin embargo, la realidad será muy diferente a esos planes iniciales, ya que, rechazados los franceses en el Bruc y Zaragoza a continuación son completamente derrotados en una batalla campal en Bailén, donde el general Dupont y sus tropas, incluidas unidades de la mismísima Guardia Imperial, deben rendirse al general español Castaños. Era el 19 de julio de 1808. 

El enfado del emperador fue colosal, se traslada personalmente con el grueso de su ejército el Grand Armée a España y en menos de un mes de campaña recupera la capital. Confiado en que ahora sus mariscales terminarán la guerra se retira a Europa. Nada más lejos de la realidad, pese a victorias francesas como Coruña o Talavera, las tropas regulares españolas, coaligadas con portugueses y británicos, las guerrillas y los costosos asedios fueron minando la moral y las tropas del Ejército de ocupación, hasta tal punto que Napoleón calificará a España como úlcera, por la cantidad de bajas anuales. Su derrota, primero en Rusia en 1812 y luego en la campaña de Alemania de 1813 permiten a los hispano-británicos pasar a la ofensiva, la victoria en Arapiles abre la puerta de la Capital y la sucesión de derrotas francesas en Vitoria, San Sebastián y San Marcial firman la conclusión de la guerra en la Península.

Sin embargo, esto no es del todo correcto. Si bien es cierto que las operaciones de Lord Wellington y sus soldados británicos en España concluían, tras el saqueo de San Sebastián, no sucedía lo mismo para las tropas españolas. Por un lado quedaban algunas guarniciones francesas aisladas en la zona Norte, como Santoña, que no se rendiría hasta 1814, por otro lado Cataluña seguía ocupada por las tropas imperiales al mando del mariscal Suchet que retenían en su poder diversas localidades desde Tortosa a Figueras, ciudad condal incluida.

Los británicos decidieron invadir el Sur de Francia donde el mariscal Soult intentaba oponer resistencia para salvar a un imperio que se tambaleaba, asediado en todas sus fronteras. En su empresa el general inglés contaría, como durante toda la guerra, con una ayuda inestimable, tropas regulares del Ejército español, las mismas que ya habían derrotado a los imperiales en Bailén y San Marcial. Ahora les tocaba devolver la visita a los franceses, casi seis años después, y llevar la guerra a su propio territorio.



Las operaciones comenzaron en febrero de 1814. El mariscal Soult despliega sus efectivos entre Bayona y San Juan Pie de Puerto, pero los regimientos más veteranos han tenido que ser enviados al Norte a defender París, teniendo que recurrir para equilibrar sus tropas con soldados bisoños de reciente reclutamiento, por su parte el Ejército aliado está formado por los británicos y una división portuguesa, junto a ellas el 4º  Ejército de Galicia del general Manuel Freire de Andrade, el vencedor de San Marcial y cuyas unidades fueron las primeras españolas en rebasar la frontera francesa, en concreto el Batallón de Marina de Ferrol, actual Tercio Norte de Infantería de Marina, y la 1ª División española encuadrada en el ejército de Wellington, al mando del general Pablo Morillo, el cual años después, siendo capitán general de Venezuela,  derrotaría a Simón Bolivar en la batalla de la Puerta, obligándole a firmar un Tratado que terminaba con la “Guerra a muerte”, una costumbre bolivariana de fusilar a cuanto español cayese en sus manos, enfermos y heridos incluidos.

El plan de campaña era sencillo, ahora se trataba de vencer a las tropas francesas en su propio territorio y derrocar definitivamente a Napoleón Bonaparte, terminando con sus sueños de gloria de dominar Europa entera. El primer objetivo Bayona.

La toma de esta ciudad se presentaba una tarea bastante complicada. Las primeras operaciones de las tropas españolas, a las que se sumaron las del general Espoz y Mina desde Navarra consistieron en embolsar a los franceses en San Juan Pie de Puerto. El general Morillo derrotaba a las tropas enemigas en esa zona, las cuales tenían que replegarse, quemando tras de sí todos los puentes para evitar ser alcanzados, fijando una débil línea de defensa entre Bayona y Orthez, protegidos tras el río Gave.

Pero el problema fundamental era cruzar el río Adur, muy ancho en la zona de Bayona y defendido por obras de fortificación y baterías de artillería. En ese punto fueron desplegadas las divisiones del 4º Ejército de Galicia que colaboraron con varios ataques a favorecer el cruce del río por las tropas británicas, tras varios intentos y múltiples dificultades se consiguió tender un puente para que los soldados aliados continuasen su avance. Los anglo-portugueses derrotaban al mariscal Soult en Orthez, donde las tropas francesas abandonaron el campo en una auténtica desbandada general. En esta batalla resultaba herido, por el rebote de una bala, el general británico lord Wellington, el cual se encontraba en ese preciso instante hablando con el general Álava “herido este poco antes, no de gravedad, pero en parte sensible y blanda que siempre provoca a risa” como magistralmente escribió en conde de Toreno en su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España.



El Imperio napoleónico vivía sus últimos días, en ciertas localidades se proclamaba la vuelta de los borbones, en esas circunstancias se presentaba en al campamento aliado el duque de Angulema, partidario de la vuelta de Luis XVIII, quien intentó negociar un acuerdo con Wellington. Burdeos pasaba al campo realista y se entregaba a los aliados sin disparar un solo tiro. En un acto desesperado Napoleón, que había devuelto la corona a Fernando VII por el tratado de Valençay, permitía su regreso a España, con el vano deseo de apartar a los españoles de la guerra.

Las tropas continuaron su camino en la invasión de Francia. La 2ª División del general Carlos de España, tras cruzar el río Adur colaboró en el cerco de Bayona, mientras el grueso de las unidades españolas perseguían a los franceses en retirada, Soult llevaba tres días de ventaja en un  repliegue desesperado sobre la localidad de Tolosa, para acelerar la marcha dejaba por el camino, bagajes, pertrechos y diversos carros que ralentizaban el avance de sus soldados. A finales de marzo de 1814 ambos ejércitos se encontraron definitivamente en la ciudad francesa de Tolosa, antigua capital del primer reino de los visigodos. La Francia imperial estaba derrotada, el 31 de ese mismo mes los aliados ocupaban París. Así que Soult se dispuso a librar su última batalla, sabiendo que ya no le  quedaba más territorio sobre el cual poder retirarse, para colmo de males el Emperador era obligado a abdicar por sus mariscales a principios de abril.

Durante diez días ambos ejércitos se fueron tanteando y realizaron los preparativos para el combate definitivo. El francés fortificando a toda prisa la ciudad y esperando que el río Garona fuese un obstáculo lo suficientemente importante para los aliados, mientras estos, al mando del duque de Wellington, se desplegaban en torno a la ciudad intentando ocupar las zonas más favorables para el asalto final, junto a los británicos las tropas españolas del 4ª de Galicia al mando del general Feire, con el ánimo de desquitarse de tantos años de lucha en su propio país.



Eran las 7 de la mañana de una fría mañana del 10 abril de 1814. Comenzaba el último acto de una guerra que había comenzado seis años antes cuando las tropas del emperador invadían España.

Los franceses ocupaban las alturas alrededor de Tolosa, disfrutando de una mejor posición para el combate, los españoles realizarían un ataque frontal al centro y ala izquierda, mientras los británicos harían lo propio en la derecha. En esta época los ejércitos se desplegaban en línea, banderas al viento y uniformes de colores que destacasen de forma clara, especialmente la infantería, azul para los franceses, rojo los británicos y blanco los españoles, aunque estos con el paso de la guerra habían adoptado otros colores. Había que avanzar soportando el fuego de los cañones enemigos hasta una distancia de poco más de 150 metros, el alcance efectivo de los fusiles de la época apenas era mayor que esa y solamente los de mejor manufactura.

Las tropas españolas, bayoneta calada, oficiales al frente, con la música de los tambores y pífanos para marcar el paso, las banderas bien desplegadas y visibles para el enemigo, desafiantes, marchando cuesta arriba, en silencio y sin griterío, solamente el lamento de los heridos, fueron avanzando a paso firme y decidido desalojando a los franceses de sus posiciones, teniendo estos que buscar refugio en los reductos fortificados. Después de esta marcha y mientras volaba la metralla, estallaban las granadas y todo el campo era cruzado por disparos de la fusilería francesa los batallones españoles con su general, don Manuel Freire al frente, avanzaron sobre los reductos franceses a buen paso, sin devolver el fuego, manteniendo la formación hasta alcanzar las obras exteriores de las fortificaciones. En ese momento una descarga cerrada de fusilería francesa, casi a quemarropa, hizo vacilar el flanco español.  Se ordenó que avanzase la brigada de reserva.


La llegada de refuerzos hizo que se estabilizase momentáneamente la situación, pero a costa de una batalla encarnizada, cargas de caballería y sostenido fuego de fusilería y la artillería francesa que diezmaba las filas españolas. Allí dejaría la vida el coronel de los húsares de Cantabria, don Leonardo de Sicilia, que con sus jinetes cargó varias veces contra el enemigo para cubrir a su infantería que no eran otros que los soldados del regimiento de tiradores de Cantabria, los cuales solamente se replegaron cuando recibieron una orden directa del mismo Wellington, dispuestos ellos solos a resistir en ese flanco cualquier ataque francés, al precio que fuese y sin ceder un palmo. Al mando del regimiento de la Corona también quedaba en el campo de batalla el coronel don Francisco Balanzat,  varios jefes y oficiales dieron su vida para mantener ese ala, siendo muchos otros heridos, pero sin dejar de animar a sus tropas, manteniendo su moral y mostrándose en los lugares más expuestos del combate, y el primero de todos ellos el mismo general Don Manuel Freire, dando ejemplo del comportamiento de los oficiales españoles.

Esta acción permitió que los ingleses alcanzaran sus objetivos, los franceses flaquearon en ese momento y las divisiones españolas ya rehechas continuaron con su avance tomando los baluartes enemigos. Por su parte los soldados de la brigada del general Morillo alcanzaban las afueras de la ciudad, obligando a sus defensores a replegarse al interior de las murallas. 1.983 españoles dejaron su vida en la batalla de Tolosa.



En la noche del 11 al 12 de abril evacuaban la ciudad las tropas de Soult que se retiraban hacia Carcasona, abandonaba heridos, artillería y los carros más pesados. Todo era inútil, Napoleón había abdicado, París estaba ocupada y en España las pocas tropas francesas que quedaban estaban cercadas. La guarnición de Barcelona intentó por dos veces romper el asedio siendo rechazada, finalmente Suchet con los pocos hombres que le quedaban evacuaba Cataluña rumbo a Narbona, dejando a su suerte a las unidades francesas de Barcelona, Peñíscola o Figueras, las cuales aisladas tuvieron que capitular. Una semana después ambos mariscales se rendían a los aliados.

Poco después el rey Fernando VII crearía como reconocimiento a esta batalla la “Corbata azul de Tolosa” que fue concedida a las unidades que tomaron parte en este combate que significaba el final de la Guerra de la Independencia. Actualmente el  lema del Tercio del Norte de Infantería de Marina, ganado en esa batalla contra los franceses, se puede encontrar en su escudo: "Valor y Disciplina"

El heroísmo, sufrimiento, actitud y comportamiento que mostraron las tropas españolas durante toda la Guerra de Independencia española, una verdadera Nación en armas que se alistó para defender a su patria y a su rey de la invasión de una potencia extranjera, es y ha sido ampliamente reconocido, tanto a nivel nacional como internacional, probablemente quien mejor lo haya expresado fuese Sir Arthur Wellesley, I Duque de Wellington y Grande de España:

¡Guerreros del mundo civilizado!:
Aprended a serlo del Cuarto Ejército Español, formado por soldados gallegos que tengo la dicha de mandar; cada soldado de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño; el terror, la muerte, la arrogancia y la serenidad, de todo disponen a su antojo.
Dos divisiones inglesas fueron testigo de este original y singularísimo combate, sin ayudarlos en cosa alguna, para que llevasen ellos solos una gloria que no tiene parangón en los anales de la historia.
¡Españoles!:
Dedicaos todos a imitar a los inimitables gallegos.
Distinguidos sean hasta el fin de los siglos por haber llevado su denuedo y bizarría a donde solo ellos mismos se podrán exceder, si acaso ello es posible.
¡Nación Española!:
Premia a la sangre vertida de tantos cides victoriosos. Dieciocho mil enemigos, con numerosa artillería, desaparecieron como el humo, para que no os ofendan jamás.
Franceses!:
Huid pues, o pedid que os dictemos las leyes, porque el 4º ejercito va detrás de vuestros caudillos."
Lesaca, 3 de septiembre de 1813.
3 días después de la victoria española en San Marcial


(IV) Las Juntas de Defensa del arma de Infantería (1917-1922)

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El cuartel "General Álava" de Victoria c. 1916.

2º) LOS ANTECEDENTES DE LAS JUNTAS 

Varios autores han señalado al movimiento sindical como la "indudable" causa del origen de las Juntas, descartando otras opiniones que señalaban como origen de las Juntas de Defensa del Arma de Infantería a las Juntas ya existentes en otras Armas (Artillería, Ingenieros y Estado Mayor) caso de Carolyn Boyd o Carlos Seco Serrano, quien además indica como el antecedente directo de las Juntas a la Comisión Militar de Barcelona de 1910 : 

" Por estos años el sindicalismo estaba en su apogeo, seguramente por la guerra europea; en el terreno social, iba conquistando envidiables posiciones, y este éxito actuó sobre el "desmedrado y encanijado" Ejército, a la manera de un señuelo. Esta mentalidad sindicalista está, indudablemente, en el origen de las Juntas Militares" 

Reflexionando sobre las dos opiniones, parece bastante más razonable considerar a las Juntas de las otras Armas como los auténticos modelos en donde la Junta de Defensa del Arma de Infantería se inspiró, y de las que adoptó su organización, pretensiones y espíritu. Indudablemente es más lógico pensar que los oficiales de Infantería tomaran como modelo organizativo a sus compañeros de otras Armas, es decir, al propio Ejército, y no al "sindicalismo" al que, por otra parte, consideraban como una de las fuerzas disgregadoras de todos los valores para ellos fundamentales, es decir, Patria, orden y autoridad.

Pero, pese a que la opinión mayoritaria de los especialistas coincide en señalar como el antecedente de la Junta de Infantería a las homónimas de las otras armas la historiografía nunca ha tratado en profundidad sobre su organización, funcionamiento y objetivos , siendo esta por tanto una laguna a cubrir, ya que como veremos a continuación se pueden establecer claras concordancias entre unas y otra.

2.1. Las Juntas de Defensa de otras armas

2.1.1.- La Junta de Artillería :

El cuerpo de Artillería tuvo desde principios del siglo XIX su propia Junta Superior Facultativa. Esta, que había sido creada mediante una Real Orden del 13 de febrero de 1816, se constituyó como tal el 16 de mayo de 1816, siendo su Reglamento aprobado el 24 de agosto de ese mismo año .

La Junta de Artillería sufrió a lo largo del siglo XIX importantes modificaciones, así como suspensiones temporales. En 1864 se encontraba formando parte de la Junta Superior Facultativa de Guerra. En aquel año algunos coroneles y jefes comenzaron a reunirse en el café "La Iberia" de Madrid, formando una "peña artillera", la cual al cabo de los años, tras lentas y numerosas reuniones redactó unas bases y estableció la organización de una Junta Central que comenzó a funcionar, como tal, en 1888 .

Los pilares fundamentales de la Junta de Artillería fueron la unidad de procedencia y la escala cerrada. La primera se conseguía gracias a que todos los oficiales procedían de la misma Academia militar, cuya fundación data de 1764. Esto suponía en la práctica que todos los oficiales del Cuerpo habían sido compañeros de estudios, lo que proporcionó una mayor cohesión al grupo. La escala cerrada, es decir, el ascenso únicamente por antigüedad, fue un compromiso que surgió el 16 de junio de 1891, fecha en la que se comenzaron a recoger en un álbum las firmas de todos los componentes del Cuerpo, quienes se comprometían a renunciar a los ascensos que no les correspondiesen por antigüedad. Así, en 1898 solamente faltaban por firmar tres oficiales, y todos los años lo suscribían los nuevos graduados.

" Los artilleros que firman este albun (sic) quieren conservar el Cuerpo, y transmitir con su ejemplo a los que vengan a formarlo, el tradicional espíritu de honor, unión y compañerismo que recibieron de sus antecesores, con el que alcanzó las glorias y los prestigios de los que goza para bien de la Patria y honor de sus individuos.

Y considerando que la escala cerrada es condición indispensable para el logro de tan altos fines, resuelven mantenerla entre sí, ofreciendo por su honor renunciar (por los medios que la ley permita) todo ascenso que obtengan en el Cuerpo o en vacante de general a éste asignada, y no les corresponda por razones de antigüedad. ".


Este fue uno de los puntos de coincidencia con la Junta de Infantería, puesto que la escala cerrada se convirtió en uno de los puntos reivindicativos fundamentales del movimiento juntista.

Lo cierto es que este compromiso ayudó a la formación de un auténtico espíritu de cuerpo, que supuso, en la práctica , una mejora dentro del cuerpo de oficiales, tanto desde el punto de vista moral como técnico, y, lo que es más importante, contribuyó a que el cuerpo de oficiales del Arma actuase como una solo hombre, presentando un frente común en el momento que surgiese algún problema importante para ellos.

El 25 de abril de 1905 se aprobó el nuevo Reglamento de la Junta de Artillería, cuyo artículo primero, posteriormente recogido íntegramente por la Junta de Infantería, indicaba que la función principal de la Junta de Artillería debería ser la defensa de "sus intereses", aunque, eso sí, dentro del marco legal establecido.

" La Junta Central del Cuerpo tiene por objeto velar por sus intereses, que son los del Ejército y los de la Patria , dentro siempre de la más estricta legalidad " 

Y el 30 de mayo del mismo año se acordó la forma y composición de la Junta Central, determinándose, a su vez, que las Juntas Regionales tendrían la misma composición que ésta, pero quedando sometidas a ella. La organización de la Junta Central de Artillería quedó con un general como presidente, cinco coroneles vocales, tres, tenientes coroneles vocales y un comandante de secretario.

También se decidió que la Junta Central contase con tres secciones, las cuales asesorarían a ésta en las cuestiones de su competencia: De empleo táctico, organización y tiro, de experiencias y proyectos y de producción y de adquisición de material de guerra.. Este es el único caso, de todas las Juntas, en el que se hizo tal tipo de división.

La Junta Central, elegida mediante votación democrática, resolvía por sí sola las cuestiones que afectaban al Cuerpo de Artillería sin consultas ni votaciones entre sus miembros, de cuya confianza era depositaria. Estas resoluciones eran respetadas sin discusión en virtud de dicha confianza y ante la coacción que ejercía la colectividad. De este modo, pronto los oficiales de Artillería se habituaron a someter a la consulta de la Junta y a su arbitraje las dudas y los pleitos que, relacionados con los intereses de la colectividad, se suscitaban, so pretexto de que, directa o indirectamente, se relacionaban con el sistema de ascensos.

Existían, aparte de la Junta Central con residencia en Madrid, Juntas Locales, que presentaban a la primera sus aspiraciones, consultas , quejas o propuestas. 

La Junta Central resolvía sobre ellas, si era de su competencia hacerlo, siendo su decisión vinculante para dichas Juntas Locales, o, en caso contrario, daba cuenta al Jefe de la Sección de Artillería del Ministerio de la Guerra para que éste tomara en consideración las propuestas aprobándolas o rechazándolas, y, llegado el caso, si lo estimaba oportuno, las elevara al Ministro.

La Junta de Infantería aplicó este mismo sistema organizativo, es decir, una Junta Central de la que dependen las Juntas Regionales.

Pero pronto la Junta empezó a manifestar su opinión, favorable o de veto, no sólo sobre cuestiones que afectaban a la parte técnica del Cuerpo y al sistema de ascensos, verdadera razón del nacimiento de esta Junta, sino también de gobernación y política. Así en 1916 el Estado Mayor Central comenzó a estudiar un proyecto para eliminar la escala cerrada. Al conocer esto la Junta de Artillería se dirigió al Conde de Romanones, a la sazón presidente del Gobierno, a través del Presidente de la Junta, Coronel Ángel Galarza, quien formaba parte de la fracción política del presidente, con lo que se consiguió que el proyecto se desechara. Este hecho influyó directamente en la formación de la Junta de Infantería, al comprobar los oficiales de dicho Cuerpo que era posible influir en las decisiones del Gobierno si se contaba con la organización adecuada.

(III) Las Juntas de Defensa del arma de Infantería (1917-1922)



1.2. La situación del Ejército

El Ejército español del período que nos ocupa poseía una serie de lacras que condicionaron su actuación, es lo que Mola vino a denominar "los vicios" del Ejército. Algunas de las mencionadas lacras fueron consecuencia de la derrota de 1898, que marcaron a toda una generación de oficiales y se man­tuvieron vivas hasta el año de inicio del presente estudio, y otras, que se fueron produciendo durante los primeros años del siglo XX, marcaron definitivamente a los oficiales del Ejército.

La situación que padeció el Ejército español en Cuba fue del todo catastrófica, como así han señalado numerosos testigos y estudiosos. De hecho, de las 55.000 bajas sufridas durante toda la guerra solamente 2.159[1] fueron en combate. Así, la guerra de Cuba ha pasado a los anales de la Historia Militar como uno de los mayores, si no el mayor, desastre sufrido por el Ejército español, no tanto por la propia derrota, sino por la forma en que se produjo.

"En Cuba se puso de manifiesto nuestra incapacidad militar, llegando a extremos vergonzosos en todos los órdenes y muy especialmente en el relativo a servicios de mantenimiento: el de Sanidad, por ejemplo, era tan deficiente que el terrible vomito diezmaba los batallones expedicionarios; el de Intendencia no existía, lo que obligaba a las tropas a vivir sobre el país. Para colmo se suspendió el pago de haberes; cómoda medida que adoptaron los usufructuarios del Poder para nivelar la Hacienda"[2]

Tan terrible derrota trajo consigo tres consecuencias de especial interés para el tema que nos ocupa. La primera de ellas fue el total enfrentamiento entre militares y políticos por la petición de responsabilidades en la derrota, herida abierta en ese momento y que las Juntas recordarían en sus manifiestos. El Ejército reaccionó a las críticas, que le señalaban como único culpable de la derrota, creando un frente común, un espíritu corporativo, que a su vez, pidió responsabilidades a los políticos que descui­daron durante tanto tiempo a la institución militar. El re­sultado de estas acusaciones cruzadas fue que no se creó ninguna comisión de investigación de respon­sabilidades por la pérdida de las colonias, ya que la mayo­ría de los líderes políticos sabían que el fracaso iba mucho más allá de la responsabilidad de los militares. Así pues, sólo se abrió una investigación por parte del Ejército que dictaminó en agosto de 1899 que un almirante y dos generales fuesen retirados del servicio activo. Eso fue todo.

La segunda de ellas fue el exceso de oficiales, problema que de hecho subsistía desde el final de la última Guerra Carlista, y que se vio agravado por la reducción de los efectivos del Ejército tras la derrota. Esto supuso que los ascensos fuesen escasos y las posibilidades de promoción pocas, por eso los militares juntistas protestaron por los ascensos indiscriminados que se produjeron en la campaña de Marruecos.

La tercera de las grandes consecuencias del desastre de Cuba fue el recorte del presupuesto militar. La mayor obsesión de los sucesivos gabinetes fue el recorte del presu­puesto del Ministerio de la Guerra, que pasó de representar cerca del 50% de los gastos del presupuesto nacional , duran­te los primeros años de la Restauración, al 25-30% hasta 1909. Este recorte de los presu­puestos incidió, básicamente, en los ca­pítulos de equipo e instrucción, precisamente en los que el Ejército se encontraba en peor situación, provocando que muchos oficiales no contasen con ningún cargo:      

     "Apenas había dinero para la instrucción y maniobras. En algunas guarniciones la mitad de los oficiales no tenían cargo alguno, y muchos otros carecían de ocupaciones precisas. Consiguientemente muchos oficiales preferían que se les dejara sin puesto fijo para poder dedicar todo su tiempo a otro empleo distinto"[3]

Además, no se afrontó ningún tipo de mejora o modernización del Ejército, sino, que de hecho, toda petición o atisbo de reforma en el Ejército producía innumerables quebraderos de cabeza al Gobierno. Lo único que se hizo fue ir tapando huecos, con unos resultados absolutamente desastrosos. Así el Ejército español continuó con una endémica falta de material e instrucción, tema abundantemente denunciado en la literatura militar.

Por otra parte el transcurso del tiempo trajo consigo otra serie de "males", tales como la Redención en Metálico, el fraccionamiento del cuerpo de oficiales y el intervencionismo de la corona.
La existencia de la redención en metálico impidió la formación de un verdadero Ejército Nacional como en otras naciones, al poder determinados individuos eludir el servicio militar, creando una discriminación y un sentimiento de que los únicos que se in­corporan a filas eran "los de siempre".

Pese a que el Artículo tercero de la Constitución de 1876 indicaba que : "Todo español está obligado a defender la Patria con las armas, cuando sea llamado por la ley", en España existía en realidad una completa desigualdad social a la hora de ser llamado a filas. En la Ley de Reclutamiento y Reemplazo de 1885, se estableció una redención en metálico de 1.500 pts. que permitía, una vez satis­fecha esta suma , evitar el acudir a filas. Esto supuso, en la práctica, que tan sólo aquellos a quienes su condición social se lo permitía pudiesen evitar cumplir el servicio militar. En 1912 se publicó una nueva Ley del Servicio Militar, en la que se eliminaba la redención en metáli­co. Sin embargo, esto no trajo consigo el final de las diferencias existentes, puesto que junto a aquellos que debían cumplir el servicio militar se crearon dos tipos de "soldados de cuota": el prime­ro de ellos pagaba 1.000 pts. para cumplir diez meses de servicio en filas, mientras el segundo cumplía únicamente cinco meses previo pago de 2.000 pesetas. Con lo que nada cambió.

Por otro lado, el cuerpo de oficiales se encontró sin rum­bo y fraccionado. Ser militar significaba aceptar un código de costumbres y actitudes morales, pero dejó de ser una ver­dadera profesión, ya que la escasez de medios hizo que muchos de los oficiales no tuvieran destino fijo, y aquellos que lo tenían, no encontraron ni tropas que mandar (en numerosas ocasiones de los 120 hombres de una compañía no se podía contar ni con un tercio a la hora de hacer la instrucción), ni medios que utilizar. Además con el Gabinete de Raimundo Fernández Villaverde se detuvo la adquisición de cualquier tipo de equipamiento militar, situación que duró hasta la llegada del Gobierno Maura en 1908.

Por otra parte se produjo una clara disociación entre la oficialidad, creándose dos grupos bien diferenciados : en primer lugar se encontraban los oficiales burócratas, con todas las connotaciones negativas del calificativo "burócrata", y en segundo lugar estaban los oficiales de filas que cumplían, de mejor o peor forma con las obligaciones que se suponen a estos, pero que se encontraban absolutamente superados por la escasez de material, la deficiente instrucción de la tropa, la falta de recursos y el desprecio e incomprensión de gran parte de la sociedad española. De aquí surgió un enfrentamiento entre ambos grupos al acusar los primeros a los segundos de incapaces y directos responsables de las derrotas sufridas en campaña, y los segundos a los primeros de auténticos "vegetales fósiles" cuyo mayor interés era su "sueldecito", que les dieran los menos problemas posibles y a quienes acusaban de tener una aversión pasmosa de estar a menos de 1.000 kilómetros del frente de combate.

Por si toda esta situación pareciese poco, intervino la corona, así con una Real Orden publicada el 15 de enero de 1914 se autorizaba a generales jefes y oficiales a establecer comunicación directa con el Rey sin tener que informar a sus superiores, con lo que se subvertía la escala de mandos. Aunque la orden en realidad autorizaba la contestación a cartas y telegramas de felicitación o agradecimiento enviados por el monarca, lo cierto es que se fue haciendo común la comunicación directa sobre cualquier tema entre el Rey y "sus" militares, saltándose por completo la escala de mando y como se dice en la Real Orden " [...] sin intervención de persona alguna". Con lo que acabó por crearse una "camarilla real" de militares favorecidos por sus relaciones con el monarca.

Esta era la lamentable situación en la que se encontraba el Ejército español en el momento de arranque del presente estudio, situación de inicio y verdadera culpable de todos los acontecimientos que se produjeron y principal elemento explicativo de las reivindicaciones que planteó el movimiento juntista.




[1] CARDONA G. (1983) El poder militar en la España contemporánea hasta la Guerra Civil. Madrid,. Pág.9.
[2] MOLA VIDAL, E. (1940) : Obras completas. Valladolid,.Pág. 933-934.
[3] PAYNE, S. (1977)  Ejército y sociedad en la España liberal . 1808 - 1936 . Madrid. Pág. 134.

El Asedio de Castelnuovo (1539) “y que viniesen cuando quisiesen”



En el siglo XVI dos grandes potencias se disputaban la hegemonía en el Mediterráneo. Por un lado el Imperio Otomano, cuyo sultán Solimán el Magnífico sometía a asedio a la mismísima Viena en 1529, por otro Carlos V de Augsburgo que respondía al desafío turco conquistando la ciudad de Túnez en 1535.

La guerra proseguía y ante la amenaza otomana, personificada en el corsario Barbarroja, el papa Pablo III formó una Liga Santa, en 1538, integrada por los Estados Pontificios, las repúblicas de Génova y Venecia, los caballeros de la orden de Malta y el Emperador Carlos.

Las tropas de la coalición tomaron la ciudad de Castelnuovo, actual Herceg Novi en la costa de la república de Montenegro. Esta sería la base de operaciones para una ofensiva sobre las posesiones balcánicas de los turcos. Como guarnición fue destacado el Tercio del Maestre de Campo don Francisco Sarmiento de Mendoza y Manuel, al cual se deberían ir añadiendo nuevas tropas. Sin embargo, la flota aliada fue derrotada de forma decisiva en el combate de Prevenza, lo que concedió el dominio del mar a los otomanos. Además, los venecianos abandonaban la liga y firmaban una paz por separado con los turcos. Castelnuovo quedaba aislada.

El Maestre de Campo envió a sus únicas tres naves a pedir ayuda en España, Nápoles y Sicilia. Nada se consiguió. Además, una flota de galeras cristianas, ante la inferioridad de número sugirieron a la guarnición de Castelnuovo la capitulación.



Abandonados a su suerte, sin apenas provisiones y alimentos frescos los 3.500 hombres de Sarmiento se dispusieron a vender lo más caro que pudiesen sus vidas, frente a un ejército turco que iba tomando posiciones para poner bajo asedio a la ciudad. Al mando del mismísimo Barbarroja se presentaron ante ellos 50.000 soldados, incluidos 4.000 de los temibles Jenízaros, las tropas de élite del Sultán, así como 200 galeras y naves de todo tipo. La suerte estaba echada pero si los turcos querían recuperar la ciudad tendrían que pagar un precio muy alto.

El primer combate se produjo el 12 de julio de 1539 cuando los otomanos desembarcaron una avanzadilla. Al tener noticia de ello el Maestre ordenó al capitán Machín de Munguía que tomase tres compañías y la caballería para rechazar el ataque. Y así sucedió, reembarcando los turcos con severas bajas. Este capitán era el mismo que durante la batalla naval de Prevenza resistió los ataques de varias galeras enemigas defendiendo una nave veneciana solamente con su compañía de 300 vizcaínos. Siendo dado por muerto o capturado, su nave, seriamente dañada y sin mástiles, conseguiría llegar a puerto cuatro días después de la batalla.



Por la tarde de ese día se volvía a producir otro desembarco. Era ahora Francisco de Sarmiento en persona el que les esperaba con sus españoles. Los otomanos dejaron cientos de muertos y prisioneros, teniendo que volver a sus naves. No volverían a aventurarse a saltar a tierra hasta la llegada de Barbarroja y el grueso de la flota el día 18. Además, por tierra se unía a los musulmanes otro ejército al mando de Turgut Reis, corsario conocido por su enorme ferocidad.

Una vez reunidos ambos ejércitos se procedió al desembarco de las tropas y artillería para comenzar el asedio de la ciudad. Mientras tanto los españoles se dedicaron a la fortificación de la misma. Ya que no se quiso despertar el recelo enemigo no se habían acometido obras de defensa de envergadura previamente, así que se hizo cuanto se pudo durante los cinco días que emplearon los zapadores turcos en cavar trincheras y allanar la zona para situar los cañones de asedio.

Lejos de quedarse refugiados dentro de las murallas los castellanos realizaron varias salidas para dificultar las obras de los sitiadores. En una de ellas perdía la vida uno de los capitanes favoritos de Barbarroja. Así que los jenízaros decidieron desquitarse atacando la población, pero una salida de los españoles les costó varios centenares de muertos y tener que retirarse en franca desbandada. Al tener noticia de ello el almirante otomano ordenó el inmediato cese de ataques similares.



Conocedor de lo costoso que podría resultarle un asedio y asalto de la ciudad el señor de Argel ofreció una rendición más que honrosa a los españoles, los cuales ya le habían ocasionado cerca de 1.000 bajas. Podrían salir con sus banderas y armas, teniendo solamente que dejar pólvora y artillería, además recibiría cada español 20 ducados del propio almirante. Así se lo trasmitieron a don Francisco Sarmiento de Mendoza.

Sabedor de que tal oferta no solamente le correspondía aceptarla o rechazarla a él “El Maestre de Campo consultó con todos sus Capitanes, y los Capitanes con sus Oficiales, y resolvieron que querían morir en servicio de Dios y de Su Majestad, y que viniesen cuando quisiesen...

Las condiciones eran más que generosas, no obstante, entre las compañías del tercio de Castelnuovo se encontraban seis compañías del antiguo tercio de Lombardía, había sido este disuelto poco antes por amotinarse al no llegar las pagas, algo muy común en la época. Es muy probable que estos mismos hombres quisiesen recuperar su honor luchando contra un enemigo que les superaba en más de 10 a uno, a pesar de que estaban completamente aislados y sin ninguna posibilidad de recibir ayuda.



El asalto comenzó el 24 de julio, por tierra atacaba la infantería, mientras la artillería otomana barría las defensas españolas desde mar y tierra. Los castellanos resistieron con fiereza infligiendo enormes bajas a los asaltantes, los cuales primero recibían las descargas cerradas de los arcabuceros y luego tenían que soportar tajos y cuchilladas que les lanzaban los defensores. Rechazado el primer intento de asalto los hombres de Sarmiento emplearon la noche en reparar las brechas de las murallas y mejorar las defensas.

Al día siguiente, festividad de Santiago apóstol, el obispo de la ciudad se unió a los defensores, animándoles a combatir, confesando y dando la extremaunción a los heridos más graves. Los asaltantes perdieron varios miles de hombres esa jornada por solamente 50 de los defensores, aunque la gravedad de las heridas sufridas hizo que muchos de ellos fallecieran en los días posteriores.



Lejos de conformarse con mantener sus posiciones los españoles realizaron una encamisada, un golpe de mano donde los atacantes llevaban solamente daga, espada y la camisa blanca, despojados de cuanto armamento o defensa pudiese molestar en el combate o alertar por el ruido al enemigo. Sorprendidos los turcos en su propio campamento por el asalto de los defensores de Castelnuovo se produjo una desbandada en toda regla. El ataque rebasó las defensas otomanas en varios puntos y los soldados musulmanes, incluidos los jenízaros, corrieron lo más rápido que pudieron huyendo de las espadas y vizcaínas españolas. Cruzando el campamento como alma que lleva el diablo no dudaron en tirar y rasgar cuanta tienda se interpusiese en su huida, incluida la del mismísimo Barbarroja. La guardia personal de éste, temiendo por su vida, y pese a las protestas del almirante le llevaron en volandas hasta su nave, retirando incluso del campamento el estandarte del sultán.

Recuperados de tan humillante derrota los otomanos concentraron el fuego de la artillería de asedio contra una de las fortalezas de la ciudad alta, esperando que fuese el punto clave que permitiese su captura. Mientras, el resto de la artillería batía la débil muralla medieval que protegía la ciudad. Reducida la fortaleza a un puñado de escombros el 4 de agosto los turcos realizaron un asalto general. El Maestre de Campo había reforzado la guarnición del castillo y ordenado el traslado de los heridos a retaguardia. El ataque comenzó de madrugada y duraría todo el día, con los españoles batiéndose en asombrosa inferioridad numérica. Al caer la noche los supervivientes, llevando a sus heridos, se replegaron al abrigo de las murallas de la ciudad, al mando de Machín de Munguía habían causado una nueva carnicería entre los asaltantes.



La cólera de Barbarroja se iba acrecentando, sin embargo, la captura de tres desertores le facilitó información de vital importancia. Los españoles se encontraban exhaustos, luchando por el día y reparando las defensas de noche, el número de heridos era muy alto, habiendo apenas un puñado de hombres ilesos, estando muy escasos de pólvora y munición.

Creyó el almirante que una última acometida sería suficiente. Así, el 5 de agosto ordenó a todas sus tropas, incluidos jenízaros y jinetes desmontados, lanzarse a un nuevo asalto. Otra vez se trabó un furioso combate donde los españoles se defendieron demostrando la veteranía que atesoraban los soldados de los tercios viejos, curtidos en mil campañas y combates. Todo lo que consiguieron los turcos fue tomar una torre de la muralla donde hicieron ondear su bandera, todo orgullosos, como si hubiesen tomado la mismísima Viena. Y no era para menos pues las bajas ya superaban las 10.000.

El día 6 la cosa empeoró para los defensores, ya que un fuerte aguacero empapó pólvora y mechas, haciendo inservibles arcabuces y cañones. A base de espada, picas, dagas, vizcaínas y hasta a pedradas se defendieron los españoles, incluso los heridos graves, pues más valía el morir en combate y con la cabeza bien alta que esperar en la enfermería el ser asesinado. Al terminar la jornada las banderas con la cruz de Borgoña seguían ondeando desafiantes en Castelnuovo, resistiendo a un ejército que pese a su enorme superioridad era incapaz de doblegar a un puñado de soldados heridos y agotados que se negaban a capitular.

Al amanecer del 7 de agosto aún resistían 600 españoles y al frente de ellos su Maestre de Campo, don Francisco Sarmiento, con graves heridas no cejaba de animar a sus hombres. Ante la nueva acometida enemiga, en una ciudad sin murallas e incapaz de mantener un perímetro tan amplio ordenó el repliegue sobre un castillo que se encontraba en la parte baja de la ciudad, donde estaba refugiada la población civil. Esta maniobra se hizo en perfecto orden y disciplina “escuadrón por escuadrón” apoyándose unos a otros y sin perderle la cara al enemigo, como veteranos que eran.

Al llegar a la plaza que se abría frente al castillo pidió a los defensores que abriesen las puertas a sus hombres. Estos se excusaron diciendo que estas estaban tapiadas, si bien ofrecieron lanzar una cuerda e izarlo a él al abrigo de las murallas, su respuesta: “Nunca Dios quiera que yo me salve y los compañeros se pierdan sin mi” Picó espuelas y se lanzó contra los turcos. Al finalizar la jornada la ciudad estaba en manos de Barbarroja y del tercio Sarmiento los supervivientes apenas superaban los 200, casi todos ellos heridos, allí mismo fueron asesinados los más graves.



Entre los prisioneros se encontraba Machín de Munguía. Barbarroja le ofreció perdonarle la vida e incluso ser uno de sus capitanes si abrazaba la fe musulmana. La negativa del capitán vizcaíno hizo que el corsario le degollase, junto a varios de sus compañeros, sobre el espolón de su nave capitana. Los 195 supervivientes, fueron cargados de cadenas y enviados como esclavos a Constantinopla. Pobre justificación de como un tercio de españoles había causado casi 20.000 muertos a las tropas del Sultán, incluidos casi la totalidad de los 4.000 jenízaros, una proporción de 5 atacantes muertos por cada defensor.

La gesta de Castelnuovo y el tercio Sarmiento fue cantada por poetas y juglares en toda Europa siendo equiparada con batallas tan míticas como la librada por los 300 de Leónidas en las Termopilas. Aunque con el paso del tiempo sus ecos se hayan apagado hasta casi el olvido.

Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestren vuestros huesos por el suelo.
Si justo es desear, si honesto celo
en valeroso corazón se encierra,
ya me parece ver, o que sea tierra
por vos la Hesperia nuestra, o se alce a vuelo.
No por vengaros, no, que no dejastes
A los vivos gozar de tanta gloria,
Que envuelta en vuestra sangre la llevastes;
Sino para probar que la memoria
De la dichosa muerte que alcanzastes,
Se debe envidiar más que la victoria




Seis años después, el 22 de junio de 1545, llegaba al puerto de Messina una galeota turca. A bordo de ella se encontraba un puñado de esclavos cristianos que habían podido escapar de su cautiverio. La sorpresa mayor fue que 25 de ellos eran supervivientes de Castelnuovo. Fueron éstos los que pudieron contar como fue el asedio de dicha plaza y como los soldados del tercio Sarmiento buscaron “tan solo defender Europa y el honor de España