EL EJÉRCITO DE TIERRA EN LA ESPAÑA DE POSGUERRA (1939-1947) INSTRUMENTO Y PILAR EN LA CONSOLIDACIÓN DEL RÉGIMEN FRANQUISTA.

Fuente: Archivo particular de Luciano Martín González

El objetivo principal de esta tesis ha sido conocer con la mayor exactitud posible  cómo era el Ejército durante el primer franquismo, su composición, organización, despliegue, armamento y material,  así  como saber cuál fue el papel que desarrolló el Ejército en manos del régimen durante el periodo estudiado, ya que fruto de ese conocimiento se podrá entender mejor cómo esta institución desempeñó una labor clave en el afianzamiento del franquismo y así mejorar la comprensión de ese periodo.

Las Fuerzas Armadas fueron probablemente la institución más importante en el mantenimiento del franquismo durante casi cuarenta años, especialmente durante una larga posguerra que se extendió desde la finalización de la Guerra Civil, en abril de 1939, hasta la supresión del Estado de Guerra, en noviembre de 1947 razón por la que se ha elegido ese marco temporal para el estudio. Durante ese periodo, el Ejército de Tierra fue un instrumento del régimen al que sirvió como pilar fundamental en su consolidación.

Pese a la publicación en los últimos años de algunas obras de gran calidad sobre las Fuerzas Armadas durante el franquismo (PUELL DE LA VILLA, F. y ALDA MEJÍAS, S. (Eds.). Los Ejércitos del Franquismo (1939-1975). Madrid: Instituto Universitario Gutiérrez Mellado.) Seguía faltando un estudio y un análisis de cuál fue la función del Ejército durante el periodo comprendido entre 1939 y 1947, estudio que tuviese como base principal la documentación elaborada por los distintos organismos militares.

Esta es la principal novedad y aportación de este estudio. Ya que para su realización se han trabajado más de 20.000 documentos  internos del propio ejército español, siendo casi 2.000 de ellos inéditos hasta el momento, los cuales han sido la base fundamental de esta tesis. Todos y cada uno de ellos han sido estudiados, analizados y contrastados para rebatir o confirmar las principales hipótesis que hasta ahora la bibliografía ha presentado como las más verosímiles sobre el rol del Ejército y su situación material.

Espero que gracias a Este estudio se pueda conocer mejor al Ejército de tierra a través de su propia documentación sin tener que recurrir ya a informes de terceros países. Por lo que esta tesis viene a rellenar un espacio vacío muy importante en la historiografía española sobre la  realidad del Ejército de Tierra en la España de posguerra. Sin embargo, este trabajo de investigación no se ha planteado como una mera descripción de nombres, armamento o acciones militares, sino que los datos han sido analizados y puestos en relación con dos cuestiones primordiales.

Primero, cómo el Ejército desempeñó un rol clave en el fortalecimiento del franquismo, ya que por un lado defendiendo al régimen de los enemigos internos maquis o guerrilla y por otro fue un instrumento utilizado por el dictador para el ejercicio del poder.

En segundo lugar, realizando un análisis comparativo con otros Ejércitos de la época para comprender mejor cómo la situación de personal y material de las unidades condicionó la política exterior española durante la Segunda Guerra mundial.


FUENTES

Para la realización de este trabajo de investigación he utilizado fundamentalmente fuentes internas del Estado Mayor del Ejército y de las distintas Direcciones Generales y Secciones del ministerio del Ejército español, muchas de ellas inéditas hasta ahora. Esto representa una gran novedad en el conocimiento de la institución militar de la época, ya que con esta tesis se puede por fin ofrecer una visión desde dentro del propio Ejército de cuál era su situación material y de personal, así como los principales problemas que se presentaban en las regiones militares, desmontando de este modo la imagen que quiso trasmitir la propaganda de la época a través del Boletín Oficial del Estado, el NO-DO o publicaciones militares como la Revista Ejército, entre otros medios, de que España era una gran potencia militar que contaba con un poderoso Ejército que le hubiera permitido la consecución de un nuevo imperio.

Toda la documentación ha sido analizada para poder contrastar los informes y memorias elaborados por los distintos organismos dependientes del Ejército con los que hasta ahora ha manejado la historiografía sobre el tema. Pero la información de origen militar no puede ser aceptada sin más, ya que en su elaboración podrían haber influido muchos factores como el no elevar las críticas sobre la realidad, tal vez buscando el favor de los oficiales superiores en vistas un ascenso o una mejora en el destino. O tal vez fueron influenciados por los sobornos repartidos por el Foreing Office entre el generalato. Por eso toda la documentación consultada ha sido analizada y contrastada con detalle para poder afirmar la veracidad de la misma o refutar lo que en ella se indica.

Los archivos origen de esta documentación han sido fundamentalmente el Archivo General Militar de Ávila, el Instituto de Historia Militar de Madrid, el Fondo Varela del Archivo Municipal de Cádiz y la Fundación Nacional Francisco Franco.

Como fuentes bibliográficas para esta tesis han sido utilizadas las memorias publicadas por algunos de los generales más importantes de periodo, como por ejemplo las de Alfredo Kindelán.

 También se ha recurrido para la realización de este trabajo a la lectura de biografías de alguno de los principales actores del periodo estudiado, como por ejemplo la del general José E. Varela, (MARTINEZ RODA)


ESTRUCTURA DEL TRABAJO Y CONCLUSIONES PARCIALES

Este trabajo está estructurado en 6 capítulos

En el primero de ellos corresponde a los antecedentes y al Marco Histórico. En él se traza una breve evolución del Ejército desde el siglo XIX hasta el final de la guerra civil.

Y aunque no es objeto de este estudio el definir la naturaleza del régimen se ha estudiado el primer franquismo: sus fundamentos ideológicos, bases sociales y familias, las leyes fundamentales del régimen, la coyuntura internacional, el exilio, oposición y represión, así como la autarquía y el racionamiento.

En el segundo capítulo titulado “Un Ejército para después de una guerra” se estudia la organización del ministerio del Ejercito, los cuerpos armados y la organización territorial

Existe un debate historiográfico sobre las razones que motivaron la creación de tres ministerios militares en 1939 que aspiro a poder cerrar definitivamente.

He podido comprobar documentalmente que la opinión de crear tres ministerios fue la que expusieron los generales Kindelán, Dávila, Vigón y Varela en las discusiones que se sucedieron entre enero y agosto de 1939 sobre la idoneidad de crear uno, dos o tres ministerios. Además, en todo caso hay que señalar que hasta 1936 en España siempre existieron dos ministerios y no uno tendencia que comenzó a generalizarse en la década de los años 50.

La organización definitiva del Ministerio fue sometida a la aprobación del jefe del Estado, general Francisco Franco, en varias reuniones mantenidas entre el Generalísimo y el ministro Varela a lo largo del mes de agosto de 1939. Las cuales he constatado documentalmente.

Tras un intenso estudio y análisis de la documentación se puede afirmar que la decisión de la creación de tres ministerios tenía como objetivo la mejora de los trabajos “burocráticos”, que esta medida se tomó en 1939 y que en ella participaron generales como Dávila, Vigón, Varela y Kindelán.

También en este capítulo se estudia la organización territorial.

En todos los informes del Estado Mayor de posguerra a los que he tenido acceso se justificaba la nueva estructura regional por la necesidad de conjugar, de la mejor manera posible, las unidades existentes sobre el territorio con la facilidad de las comunicaciones y la disponibilidad de realizar un reclutamiento equilibrado.

Por lo que concluyo afirmando que su despliegue no fue motivado por querer ser un ejército de ocupación, sino que respondió a razones organizativas.

La única modificación de la organización territorial se produjo el 1 de marzo de 1944 cuando se creó la IXª región.

La razón que llevó al Ministerio a la creación de esta Región no parece que haya que buscarla en el deseo de una defensa más efectiva del Estrecho frente a una invasión anglo-americana, sino en una mejora de las comunicaciones, reclutamiento y otras facilidades apuntadas previamente por el EME en sus informes que están fechados en 1941, es decir más de un año antes del inicio de la operación Torch

El apartado final de este capítulo está dedicado a los Cuerpos Armados: Organización y despliegue: plantillas “naranjas” de septiembre de 1939, plantillas “azules” de abril de 1940, plantillas “verdes” de agosto de 1943, variaciones de 1945 y 1946 y las unidades de la serie 100

He podido documentar los numerosos cambios y la evolución del número de divisiones, aunque sería muy interesante en un futuro profundizar en el estudio de las unidades de la denominada como serie 100.

Gracias a esta tesis se puede saber sin género de dudas el número de división con la que fue contando el Ejército durante el periodo estudiado.

Así, en 1939 el Ejército contaba con 25 divisiones, a las que había que sumar dos de la serie 100, totalizando por lo tanto 27 divisiones. Tras la entrevista de Hendaya se planificó, en noviembre de 1940, movilizar hasta 50. Informe que he estudiado y analizado. En 1943, siendo ministro el general Asensio, se redujeron las divisiones a 22 aunque habría que sumar nueve de la serie 100, llegando a totalizar el Ejército 31 en 1945. Finalmente, esas nueve divisiones de la serie 100 fueron desmovilizadas durante el periodo 1945-1947 quedando reducidas finalmente a 22.



En el capítulo tercero he analizado la situación material del Ejército al que califico como un ejército en alpargatas.

En primer lugar he trabajado los informes sobre la situación del Ejército. Los primeros de ellos elaborados entre septiembre de 1939 y finales de 1940. Destacan, el primer informe de Martínez Campos: 8 de mayo de 1940, los informes elaborados por el OKW entre agosto de 1940 y octubre de 1940 y el segundo informe de Martínez Campos de diciembre de 1940. Todos ellos apuntan a las mismas deficiencias y carencias. Además, todos los informes coinciden en la conveniencia de que España permanezca neutral, ya que se carecía de medios blindados, artillería anti-tanque o anti-aérea, no sería posible una rápida movilización y que se carecía de las materias primas necesarias.

He comprobado documentalmente que esta opinión fue la predominante en el generalato y cuerpo de jefes y oficiales, y que es anterior al inicio de la operación de sobornos desarrollada por los británicos. Pienso que el informe presentado por Martínez Campos, en mayo de 1940, es un fiel reflejo objetivo de la situación del Ejército, exento de toda influencia externa o patriotismo. Así, los sobornos británicos no hicieron sino reafirmar una opinión favorable a la neutralidad que era dominante en el Ejército con lo que la influencia de los sobornos en la neutralidad española no fue tan determinante.

He dedicado un apartado del capítulo al estudio de la situación de personal y del material. Documentando la escasa capacidad de movilización y falta de mandos profesionales adecuados,

Además, el armamento de infantería era escaso y con multiplicidad de calibres. La Artillería de campaña, antiaérea y de costa suponía un verdadero Talón de Aquiles. Al punto que los informes internos del EME, que no de los posibles generales sobornados, afirmaban sin tapujos que: “Nuestro estado en esta cuestión es verdaderamente lamentable, pudiendo asegurarse que las unidades de Ejército en caso de una campaña seria estarían totalmente indefensas contra los ataques aéreos”
No se contaba con carros de combate modernos. Solamente se contaba con existencias de municiones y material de trasmisiones, de zapadores, vehículos, carburante, material ferroviario y de intendencia para un periodo máximo de tres o seis meses, dependiendo del capítulo.

También he documentado los problemas de acuartelamiento, alimentación y vestuario de las tropas, la falta de capacidad de la industria militar. Aspectos que merecerían un futuro estudio en mayos profundidad.

Y finalmente he estudiado las compras de armamento y los acuerdos con Alemania: Plan Bär, plan Eltze y plan Ankara. Aunque este apartado ya ha sido estudiado con gran detenimiento por Lucas Molina.

La conclusión general del apartado ese que el Ejército español de posguerra era un ejército falto de personal profesional, carente de armamento moderno y escaso de suministros y del material adecuado. esa fue la conclusión a la que llegó, ya en mayo de 1940 el jefe del EME, el general de artillería don Carlos Martínez de Campos, el cual elevó varios informes al ministro Varela, mostrando esa valoración tan demoledora como concluyente, presentando la verdadera situación del Ejército español en ese momento. Esta opinión es la que considero como la más verosímil pues he comprobado documentalmente que sigue la misma línea de los varios centenares de informes inéditos que he podido consultar; además, al ser la documentación de diverso origen (EME, Subsecretarías, Direcciones Generales, Capitanías generales y hasta de los Estados Mayores de las distintas unidades) lo que hace muy difícil pensar que toda ella esté sesgada de alguna manera para maquillar la situación de las unidades, bien por intereses personales o por los conocidos sobornos británicos.


En el capítulo cuarto, bajo el título de “El Ejército, pilar del régimen” he analizado las operaciones militares en defensa del nuevo Estado.

En la España de posguerra el orden público quedó en manos militares, cuya primera línea fue la formada por la Guardia Civil y la Policía Armada. Por lo que en España no se puso la defensa interior del régimen en manos de las milicias u organizaciones del partido como fue el caso de Italia o Alemania.

Cuando el problema excedía a las capacidades de la Guardia Civil  se formaron columnas de operaciones especiales. Así he estudiado la Columna de Operaciones de Asturias (1939-1940), trabajo que presenté en 2013 en el Tercer Coloquio Internacional de Historia Bélica CIHBE de la Universidad de Cantabria. También las operaciones de la División destacada de Caballería en los Montes de Toledo (1940-1942), que presenté en diciembre pasado en el Seminario Internacional sobre La violencia y sus relatos (1936-1948) en la Universidad Autónoma de Barcelona. Así como la más conocida Invasión del Valle de Arán (1944).


Finalmente en el capítulo quinto analizo al Ejército como un instrumento del régimen. He estudiado el Plan de movilización de noviembre 1940, aunque convendría hacer un estudio mucho más minucioso del mismo a fin de establecer que posibilidades reales tenía España de poder cumplir tal plan.

También he estudiado la planificación de defensa del territorio nacional en Baleares, estudio que publique en 2014 en la RUHM, así como en los posibles teatros de operaciones de  Gibraltar y el Estrecho, Canarias y el Protectorado de Marruecos. Aportando nuevos datos sobre la unidades allí desplegadas o la situación material de las mismas.

He podido comprobar como en todos estos planes, que al final solamente quedaron en el papel, se percibe el miedo a una invasión ante la incapacidad de afrontar una defensa efectiva de España o una incapacidad propia para realizar operaciones ofensivas, salvo ayudas de calado por parte de Alemania.


Conclusión:

La conclusión final a la que se puede llegar tras el análisis de gran parte de la documentación interna del Ejército de Tierra, del Ministerio, del EME y de los archivos personales de los ministros, es que el Ejército español de posguerra estaba escasamente dotado de armamento, tenía falta de personal cualificado, oficiales, suboficiales y miembros del CASE, y presentaba graves deficiencias en su motorización, faltando motocicletas, coches y camiones. Además, carecía de los suministros necesarios para participar en una guerra, destacando sobre todo la incapacidad del abastecimiento de combustible. También la propia debilidad industrial del país y la autarquía económica impidieron dar solución a todos esos problemas, los cuales fueron empeorando con el paso de los años, pese a algunas compras de material y suministros en Alemania y otros países. Elementos que podemos ahora medir y cuantificar exactamente con los datos que presentamos en este trabajo.

Así pues, la principal labor de la institución militar y en concreto del Ejército de Tierra fue la defensa del régimen del enemigo interior, huidos, guerrilleros y maquis, labor que desarrolló con eficacia en colaboración con la Guardia Civil y la Policía Armada en tres operaciones en Asturias, los Montes de Toledo y el Valle de Arán. Sin embargo, su debilidad condicionó la participación española en la Segunda Guerra mundial, algo que hubiese satisfecho a muchas de las autoridades políticas de la época, principalmente a los falangistas, deseosas de la construcción de un nuevo Imperio, y pese a que se trazaron diversos planes de operaciones que contemplaban ataques a Gibraltar o el Protectorado francés de Marruecos estos nunca pasaron del papel debido a la debilidad de las unidades, elemento perfectamente conocido por la máximas autoridades civiles y militares, incluido el jefe del Estado, gracias a las decenas de informes reservados y secretos que fueron elaborados por el Estado Mayor del Ejército durante esos años, los cuales han sido la base de esta tesis.


Así, fue gracias a la fidelidad y lealtad del Ejército en los difíciles años de la posguerra, mediante las operaciones militares de limpieza de los montes de Toledo, Asturias y Pirineos, el suministro de los cuadros directivos al naciente régimen, ministros, directores de empresas públicas y cargos intermedios de la administración, y la organización y diseño de planes de Defensa Nacional ante un ataque de alguna de las potencias inmersas en la Segunda Guerra mundial, que el régimen franquista pudo consolidarse durante los difíciles años de la posguerra y mantenerse durante casi cuarenta años. El Ejército de Tierra español, estuvo mal dotado de armamento, escaso de suministros de todo tipo y falto de personal, una situación acorde con la España de posguerra donde la miseria, el hambre y la escasez eran habituales. Aun así, cumplió con su papel clave de defensor del orden público sirviendo como instrumento y pilar en la consolidación del régimen franquista durante la posguerra, periodo que se extendería hasta la supresión del Estado de guerra en noviembre de 1947.

TOLOSA 1814: valor y disciplina

Batalla de San Marcial (1813) Autor: Augusto Ferrer-Dalmau

Con la sublevación del 2 de mayo de 1808 en Madrid comenzaba una guerra donde los españoles, sus nuevas instituciones de gobierno y las Fuerzas Armadas, librarían una lucha desigual frente a un enemigo muy superior que en ese momento era el amo y señor de prácticamente toda Europa, la Francia del Emperador Napoleón Bonaparte. La relación de fuerzas iniciales era dramática y el ejército francés al mando del mariscal Murat, cuñado del emperador y responsable de la represión del levantamiento patriótico en Madrid, prevé una corta campaña victoriosa. Sin embargo, la realidad será muy diferente a esos planes iniciales, ya que, rechazados los franceses en el Bruc y Zaragoza a continuación son completamente derrotados en una batalla campal en Bailén, donde el general Dupont y sus tropas, incluidas unidades de la mismísima Guardia Imperial, deben rendirse al general español Castaños. Era el 19 de julio de 1808. 

El enfado del emperador fue colosal, se traslada personalmente con el grueso de su ejército el Grand Armée a España y en menos de un mes de campaña recupera la capital. Confiado en que ahora sus mariscales terminarán la guerra se retira a Europa. Nada más lejos de la realidad, pese a victorias francesas como Coruña o Talavera, las tropas regulares españolas, coaligadas con portugueses y británicos, las guerrillas y los costosos asedios fueron minando la moral y las tropas del Ejército de ocupación, hasta tal punto que Napoleón calificará a España como úlcera, por la cantidad de bajas anuales. Su derrota, primero en Rusia en 1812 y luego en la campaña de Alemania de 1813 permiten a los hispano-británicos pasar a la ofensiva, la victoria en Arapiles abre la puerta de la Capital y la sucesión de derrotas francesas en Vitoria, San Sebastián y San Marcial firman la conclusión de la guerra en la Península.

Sin embargo, esto no es del todo correcto. Si bien es cierto que las operaciones de Lord Wellington y sus soldados británicos en España concluían, tras el saqueo de San Sebastián, no sucedía lo mismo para las tropas españolas. Por un lado quedaban algunas guarniciones francesas aisladas en la zona Norte, como Santoña, que no se rendiría hasta 1814, por otro lado Cataluña seguía ocupada por las tropas imperiales al mando del mariscal Suchet que retenían en su poder diversas localidades desde Tortosa a Figueras, ciudad condal incluida.

Los británicos decidieron invadir el Sur de Francia donde el mariscal Soult intentaba oponer resistencia para salvar a un imperio que se tambaleaba, asediado en todas sus fronteras. En su empresa el general inglés contaría, como durante toda la guerra, con una ayuda inestimable, tropas regulares del Ejército español, las mismas que ya habían derrotado a los imperiales en Bailén y San Marcial. Ahora les tocaba devolver la visita a los franceses, casi seis años después, y llevar la guerra a su propio territorio.



Las operaciones comenzaron en febrero de 1814. El mariscal Soult despliega sus efectivos entre Bayona y San Juan Pie de Puerto, pero los regimientos más veteranos han tenido que ser enviados al Norte a defender París, teniendo que recurrir para equilibrar sus tropas con soldados bisoños de reciente reclutamiento, por su parte el Ejército aliado está formado por los británicos y una división portuguesa, junto a ellas el 4º  Ejército de Galicia del general Manuel Freire de Andrade, el vencedor de San Marcial y cuyas unidades fueron las primeras españolas en rebasar la frontera francesa, en concreto el Batallón de Marina de Ferrol, actual Tercio Norte de Infantería de Marina, y la 1ª División española encuadrada en el ejército de Wellington, al mando del general Pablo Morillo, el cual años después, siendo capitán general de Venezuela,  derrotaría a Simón Bolivar en la batalla de la Puerta, obligándole a firmar un Tratado que terminaba con la “Guerra a muerte”, una costumbre bolivariana de fusilar a cuanto español cayese en sus manos, enfermos y heridos incluidos.

El plan de campaña era sencillo, ahora se trataba de vencer a las tropas francesas en su propio territorio y derrocar definitivamente a Napoleón Bonaparte, terminando con sus sueños de gloria de dominar Europa entera. El primer objetivo Bayona.

La toma de esta ciudad se presentaba una tarea bastante complicada. Las primeras operaciones de las tropas españolas, a las que se sumaron las del general Espoz y Mina desde Navarra consistieron en embolsar a los franceses en San Juan Pie de Puerto. El general Morillo derrotaba a las tropas enemigas en esa zona, las cuales tenían que replegarse, quemando tras de sí todos los puentes para evitar ser alcanzados, fijando una débil línea de defensa entre Bayona y Orthez, protegidos tras el río Gave.

Pero el problema fundamental era cruzar el río Adur, muy ancho en la zona de Bayona y defendido por obras de fortificación y baterías de artillería. En ese punto fueron desplegadas las divisiones del 4º Ejército de Galicia que colaboraron con varios ataques a favorecer el cruce del río por las tropas británicas, tras varios intentos y múltiples dificultades se consiguió tender un puente para que los soldados aliados continuasen su avance. Los anglo-portugueses derrotaban al mariscal Soult en Orthez, donde las tropas francesas abandonaron el campo en una auténtica desbandada general. En esta batalla resultaba herido, por el rebote de una bala, el general británico lord Wellington, el cual se encontraba en ese preciso instante hablando con el general Álava “herido este poco antes, no de gravedad, pero en parte sensible y blanda que siempre provoca a risa” como magistralmente escribió en conde de Toreno en su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España.



El Imperio napoleónico vivía sus últimos días, en ciertas localidades se proclamaba la vuelta de los borbones, en esas circunstancias se presentaba en al campamento aliado el duque de Angulema, partidario de la vuelta de Luis XVIII, quien intentó negociar un acuerdo con Wellington. Burdeos pasaba al campo realista y se entregaba a los aliados sin disparar un solo tiro. En un acto desesperado Napoleón, que había devuelto la corona a Fernando VII por el tratado de Valençay, permitía su regreso a España, con el vano deseo de apartar a los españoles de la guerra.

Las tropas continuaron su camino en la invasión de Francia. La 2ª División del general Carlos de España, tras cruzar el río Adur colaboró en el cerco de Bayona, mientras el grueso de las unidades españolas perseguían a los franceses en retirada, Soult llevaba tres días de ventaja en un  repliegue desesperado sobre la localidad de Tolosa, para acelerar la marcha dejaba por el camino, bagajes, pertrechos y diversos carros que ralentizaban el avance de sus soldados. A finales de marzo de 1814 ambos ejércitos se encontraron definitivamente en la ciudad francesa de Tolosa, antigua capital del primer reino de los visigodos. La Francia imperial estaba derrotada, el 31 de ese mismo mes los aliados ocupaban París. Así que Soult se dispuso a librar su última batalla, sabiendo que ya no le  quedaba más territorio sobre el cual poder retirarse, para colmo de males el Emperador era obligado a abdicar por sus mariscales a principios de abril.

Durante diez días ambos ejércitos se fueron tanteando y realizaron los preparativos para el combate definitivo. El francés fortificando a toda prisa la ciudad y esperando que el río Garona fuese un obstáculo lo suficientemente importante para los aliados, mientras estos, al mando del duque de Wellington, se desplegaban en torno a la ciudad intentando ocupar las zonas más favorables para el asalto final, junto a los británicos las tropas españolas del 4ª de Galicia al mando del general Feire, con el ánimo de desquitarse de tantos años de lucha en su propio país.



Eran las 7 de la mañana de una fría mañana del 10 abril de 1814. Comenzaba el último acto de una guerra que había comenzado seis años antes cuando las tropas del emperador invadían España.

Los franceses ocupaban las alturas alrededor de Tolosa, disfrutando de una mejor posición para el combate, los españoles realizarían un ataque frontal al centro y ala izquierda, mientras los británicos harían lo propio en la derecha. En esta época los ejércitos se desplegaban en línea, banderas al viento y uniformes de colores que destacasen de forma clara, especialmente la infantería, azul para los franceses, rojo los británicos y blanco los españoles, aunque estos con el paso de la guerra habían adoptado otros colores. Había que avanzar soportando el fuego de los cañones enemigos hasta una distancia de poco más de 150 metros, el alcance efectivo de los fusiles de la época apenas era mayor que esa y solamente los de mejor manufactura.

Las tropas españolas, bayoneta calada, oficiales al frente, con la música de los tambores y pífanos para marcar el paso, las banderas bien desplegadas y visibles para el enemigo, desafiantes, marchando cuesta arriba, en silencio y sin griterío, solamente el lamento de los heridos, fueron avanzando a paso firme y decidido desalojando a los franceses de sus posiciones, teniendo estos que buscar refugio en los reductos fortificados. Después de esta marcha y mientras volaba la metralla, estallaban las granadas y todo el campo era cruzado por disparos de la fusilería francesa los batallones españoles con su general, don Manuel Freire al frente, avanzaron sobre los reductos franceses a buen paso, sin devolver el fuego, manteniendo la formación hasta alcanzar las obras exteriores de las fortificaciones. En ese momento una descarga cerrada de fusilería francesa, casi a quemarropa, hizo vacilar el flanco español.  Se ordenó que avanzase la brigada de reserva.


La llegada de refuerzos hizo que se estabilizase momentáneamente la situación, pero a costa de una batalla encarnizada, cargas de caballería y sostenido fuego de fusilería y la artillería francesa que diezmaba las filas españolas. Allí dejaría la vida el coronel de los húsares de Cantabria, don Leonardo de Sicilia, que con sus jinetes cargó varias veces contra el enemigo para cubrir a su infantería que no eran otros que los soldados del regimiento de tiradores de Cantabria, los cuales solamente se replegaron cuando recibieron una orden directa del mismo Wellington, dispuestos ellos solos a resistir en ese flanco cualquier ataque francés, al precio que fuese y sin ceder un palmo. Al mando del regimiento de la Corona también quedaba en el campo de batalla el coronel don Francisco Balanzat,  varios jefes y oficiales dieron su vida para mantener ese ala, siendo muchos otros heridos, pero sin dejar de animar a sus tropas, manteniendo su moral y mostrándose en los lugares más expuestos del combate, y el primero de todos ellos el mismo general Don Manuel Freire, dando ejemplo del comportamiento de los oficiales españoles.

Esta acción permitió que los ingleses alcanzaran sus objetivos, los franceses flaquearon en ese momento y las divisiones españolas ya rehechas continuaron con su avance tomando los baluartes enemigos. Por su parte los soldados de la brigada del general Morillo alcanzaban las afueras de la ciudad, obligando a sus defensores a replegarse al interior de las murallas. 1.983 españoles dejaron su vida en la batalla de Tolosa.



En la noche del 11 al 12 de abril evacuaban la ciudad las tropas de Soult que se retiraban hacia Carcasona, abandonaba heridos, artillería y los carros más pesados. Todo era inútil, Napoleón había abdicado, París estaba ocupada y en España las pocas tropas francesas que quedaban estaban cercadas. La guarnición de Barcelona intentó por dos veces romper el asedio siendo rechazada, finalmente Suchet con los pocos hombres que le quedaban evacuaba Cataluña rumbo a Narbona, dejando a su suerte a las unidades francesas de Barcelona, Peñíscola o Figueras, las cuales aisladas tuvieron que capitular. Una semana después ambos mariscales se rendían a los aliados.

Poco después el rey Fernando VII crearía como reconocimiento a esta batalla la “Corbata azul de Tolosa” que fue concedida a las unidades que tomaron parte en este combate que significaba el final de la Guerra de la Independencia. Actualmente el  lema del Tercio del Norte de Infantería de Marina, ganado en esa batalla contra los franceses, se puede encontrar en su escudo: "Valor y Disciplina"

El heroísmo, sufrimiento, actitud y comportamiento que mostraron las tropas españolas durante toda la Guerra de Independencia española, una verdadera Nación en armas que se alistó para defender a su patria y a su rey de la invasión de una potencia extranjera, es y ha sido ampliamente reconocido, tanto a nivel nacional como internacional, probablemente quien mejor lo haya expresado fuese Sir Arthur Wellesley, I Duque de Wellington y Grande de España:

¡Guerreros del mundo civilizado!:
Aprended a serlo del Cuarto Ejército Español, formado por soldados gallegos que tengo la dicha de mandar; cada soldado de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño; el terror, la muerte, la arrogancia y la serenidad, de todo disponen a su antojo.
Dos divisiones inglesas fueron testigo de este original y singularísimo combate, sin ayudarlos en cosa alguna, para que llevasen ellos solos una gloria que no tiene parangón en los anales de la historia.
¡Españoles!:
Dedicaos todos a imitar a los inimitables gallegos.
Distinguidos sean hasta el fin de los siglos por haber llevado su denuedo y bizarría a donde solo ellos mismos se podrán exceder, si acaso ello es posible.
¡Nación Española!:
Premia a la sangre vertida de tantos cides victoriosos. Dieciocho mil enemigos, con numerosa artillería, desaparecieron como el humo, para que no os ofendan jamás.
Franceses!:
Huid pues, o pedid que os dictemos las leyes, porque el 4º ejercito va detrás de vuestros caudillos."
Lesaca, 3 de septiembre de 1813.
3 días después de la victoria española en San Marcial


(IV) Las Juntas de Defensa del arma de Infantería (1917-1922)

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El cuartel "General Álava" de Victoria c. 1916.

2º) LOS ANTECEDENTES DE LAS JUNTAS 

Varios autores han señalado al movimiento sindical como la "indudable" causa del origen de las Juntas, descartando otras opiniones que señalaban como origen de las Juntas de Defensa del Arma de Infantería a las Juntas ya existentes en otras Armas (Artillería, Ingenieros y Estado Mayor) caso de Carolyn Boyd o Carlos Seco Serrano, quien además indica como el antecedente directo de las Juntas a la Comisión Militar de Barcelona de 1910 : 

" Por estos años el sindicalismo estaba en su apogeo, seguramente por la guerra europea; en el terreno social, iba conquistando envidiables posiciones, y este éxito actuó sobre el "desmedrado y encanijado" Ejército, a la manera de un señuelo. Esta mentalidad sindicalista está, indudablemente, en el origen de las Juntas Militares" 

Reflexionando sobre las dos opiniones, parece bastante más razonable considerar a las Juntas de las otras Armas como los auténticos modelos en donde la Junta de Defensa del Arma de Infantería se inspiró, y de las que adoptó su organización, pretensiones y espíritu. Indudablemente es más lógico pensar que los oficiales de Infantería tomaran como modelo organizativo a sus compañeros de otras Armas, es decir, al propio Ejército, y no al "sindicalismo" al que, por otra parte, consideraban como una de las fuerzas disgregadoras de todos los valores para ellos fundamentales, es decir, Patria, orden y autoridad.

Pero, pese a que la opinión mayoritaria de los especialistas coincide en señalar como el antecedente de la Junta de Infantería a las homónimas de las otras armas la historiografía nunca ha tratado en profundidad sobre su organización, funcionamiento y objetivos , siendo esta por tanto una laguna a cubrir, ya que como veremos a continuación se pueden establecer claras concordancias entre unas y otra.

2.1. Las Juntas de Defensa de otras armas

2.1.1.- La Junta de Artillería :

El cuerpo de Artillería tuvo desde principios del siglo XIX su propia Junta Superior Facultativa. Esta, que había sido creada mediante una Real Orden del 13 de febrero de 1816, se constituyó como tal el 16 de mayo de 1816, siendo su Reglamento aprobado el 24 de agosto de ese mismo año .

La Junta de Artillería sufrió a lo largo del siglo XIX importantes modificaciones, así como suspensiones temporales. En 1864 se encontraba formando parte de la Junta Superior Facultativa de Guerra. En aquel año algunos coroneles y jefes comenzaron a reunirse en el café "La Iberia" de Madrid, formando una "peña artillera", la cual al cabo de los años, tras lentas y numerosas reuniones redactó unas bases y estableció la organización de una Junta Central que comenzó a funcionar, como tal, en 1888 .

Los pilares fundamentales de la Junta de Artillería fueron la unidad de procedencia y la escala cerrada. La primera se conseguía gracias a que todos los oficiales procedían de la misma Academia militar, cuya fundación data de 1764. Esto suponía en la práctica que todos los oficiales del Cuerpo habían sido compañeros de estudios, lo que proporcionó una mayor cohesión al grupo. La escala cerrada, es decir, el ascenso únicamente por antigüedad, fue un compromiso que surgió el 16 de junio de 1891, fecha en la que se comenzaron a recoger en un álbum las firmas de todos los componentes del Cuerpo, quienes se comprometían a renunciar a los ascensos que no les correspondiesen por antigüedad. Así, en 1898 solamente faltaban por firmar tres oficiales, y todos los años lo suscribían los nuevos graduados.

" Los artilleros que firman este albun (sic) quieren conservar el Cuerpo, y transmitir con su ejemplo a los que vengan a formarlo, el tradicional espíritu de honor, unión y compañerismo que recibieron de sus antecesores, con el que alcanzó las glorias y los prestigios de los que goza para bien de la Patria y honor de sus individuos.

Y considerando que la escala cerrada es condición indispensable para el logro de tan altos fines, resuelven mantenerla entre sí, ofreciendo por su honor renunciar (por los medios que la ley permita) todo ascenso que obtengan en el Cuerpo o en vacante de general a éste asignada, y no les corresponda por razones de antigüedad. ".


Este fue uno de los puntos de coincidencia con la Junta de Infantería, puesto que la escala cerrada se convirtió en uno de los puntos reivindicativos fundamentales del movimiento juntista.

Lo cierto es que este compromiso ayudó a la formación de un auténtico espíritu de cuerpo, que supuso, en la práctica , una mejora dentro del cuerpo de oficiales, tanto desde el punto de vista moral como técnico, y, lo que es más importante, contribuyó a que el cuerpo de oficiales del Arma actuase como una solo hombre, presentando un frente común en el momento que surgiese algún problema importante para ellos.

El 25 de abril de 1905 se aprobó el nuevo Reglamento de la Junta de Artillería, cuyo artículo primero, posteriormente recogido íntegramente por la Junta de Infantería, indicaba que la función principal de la Junta de Artillería debería ser la defensa de "sus intereses", aunque, eso sí, dentro del marco legal establecido.

" La Junta Central del Cuerpo tiene por objeto velar por sus intereses, que son los del Ejército y los de la Patria , dentro siempre de la más estricta legalidad " 

Y el 30 de mayo del mismo año se acordó la forma y composición de la Junta Central, determinándose, a su vez, que las Juntas Regionales tendrían la misma composición que ésta, pero quedando sometidas a ella. La organización de la Junta Central de Artillería quedó con un general como presidente, cinco coroneles vocales, tres, tenientes coroneles vocales y un comandante de secretario.

También se decidió que la Junta Central contase con tres secciones, las cuales asesorarían a ésta en las cuestiones de su competencia: De empleo táctico, organización y tiro, de experiencias y proyectos y de producción y de adquisición de material de guerra.. Este es el único caso, de todas las Juntas, en el que se hizo tal tipo de división.

La Junta Central, elegida mediante votación democrática, resolvía por sí sola las cuestiones que afectaban al Cuerpo de Artillería sin consultas ni votaciones entre sus miembros, de cuya confianza era depositaria. Estas resoluciones eran respetadas sin discusión en virtud de dicha confianza y ante la coacción que ejercía la colectividad. De este modo, pronto los oficiales de Artillería se habituaron a someter a la consulta de la Junta y a su arbitraje las dudas y los pleitos que, relacionados con los intereses de la colectividad, se suscitaban, so pretexto de que, directa o indirectamente, se relacionaban con el sistema de ascensos.

Existían, aparte de la Junta Central con residencia en Madrid, Juntas Locales, que presentaban a la primera sus aspiraciones, consultas , quejas o propuestas. 

La Junta Central resolvía sobre ellas, si era de su competencia hacerlo, siendo su decisión vinculante para dichas Juntas Locales, o, en caso contrario, daba cuenta al Jefe de la Sección de Artillería del Ministerio de la Guerra para que éste tomara en consideración las propuestas aprobándolas o rechazándolas, y, llegado el caso, si lo estimaba oportuno, las elevara al Ministro.

La Junta de Infantería aplicó este mismo sistema organizativo, es decir, una Junta Central de la que dependen las Juntas Regionales.

Pero pronto la Junta empezó a manifestar su opinión, favorable o de veto, no sólo sobre cuestiones que afectaban a la parte técnica del Cuerpo y al sistema de ascensos, verdadera razón del nacimiento de esta Junta, sino también de gobernación y política. Así en 1916 el Estado Mayor Central comenzó a estudiar un proyecto para eliminar la escala cerrada. Al conocer esto la Junta de Artillería se dirigió al Conde de Romanones, a la sazón presidente del Gobierno, a través del Presidente de la Junta, Coronel Ángel Galarza, quien formaba parte de la fracción política del presidente, con lo que se consiguió que el proyecto se desechara. Este hecho influyó directamente en la formación de la Junta de Infantería, al comprobar los oficiales de dicho Cuerpo que era posible influir en las decisiones del Gobierno si se contaba con la organización adecuada.

(III) Las Juntas de Defensa del arma de Infantería (1917-1922)



1.2. La situación del Ejército

El Ejército español del período que nos ocupa poseía una serie de lacras que condicionaron su actuación, es lo que Mola vino a denominar "los vicios" del Ejército. Algunas de las mencionadas lacras fueron consecuencia de la derrota de 1898, que marcaron a toda una generación de oficiales y se man­tuvieron vivas hasta el año de inicio del presente estudio, y otras, que se fueron produciendo durante los primeros años del siglo XX, marcaron definitivamente a los oficiales del Ejército.

La situación que padeció el Ejército español en Cuba fue del todo catastrófica, como así han señalado numerosos testigos y estudiosos. De hecho, de las 55.000 bajas sufridas durante toda la guerra solamente 2.159[1] fueron en combate. Así, la guerra de Cuba ha pasado a los anales de la Historia Militar como uno de los mayores, si no el mayor, desastre sufrido por el Ejército español, no tanto por la propia derrota, sino por la forma en que se produjo.

"En Cuba se puso de manifiesto nuestra incapacidad militar, llegando a extremos vergonzosos en todos los órdenes y muy especialmente en el relativo a servicios de mantenimiento: el de Sanidad, por ejemplo, era tan deficiente que el terrible vomito diezmaba los batallones expedicionarios; el de Intendencia no existía, lo que obligaba a las tropas a vivir sobre el país. Para colmo se suspendió el pago de haberes; cómoda medida que adoptaron los usufructuarios del Poder para nivelar la Hacienda"[2]

Tan terrible derrota trajo consigo tres consecuencias de especial interés para el tema que nos ocupa. La primera de ellas fue el total enfrentamiento entre militares y políticos por la petición de responsabilidades en la derrota, herida abierta en ese momento y que las Juntas recordarían en sus manifiestos. El Ejército reaccionó a las críticas, que le señalaban como único culpable de la derrota, creando un frente común, un espíritu corporativo, que a su vez, pidió responsabilidades a los políticos que descui­daron durante tanto tiempo a la institución militar. El re­sultado de estas acusaciones cruzadas fue que no se creó ninguna comisión de investigación de respon­sabilidades por la pérdida de las colonias, ya que la mayo­ría de los líderes políticos sabían que el fracaso iba mucho más allá de la responsabilidad de los militares. Así pues, sólo se abrió una investigación por parte del Ejército que dictaminó en agosto de 1899 que un almirante y dos generales fuesen retirados del servicio activo. Eso fue todo.

La segunda de ellas fue el exceso de oficiales, problema que de hecho subsistía desde el final de la última Guerra Carlista, y que se vio agravado por la reducción de los efectivos del Ejército tras la derrota. Esto supuso que los ascensos fuesen escasos y las posibilidades de promoción pocas, por eso los militares juntistas protestaron por los ascensos indiscriminados que se produjeron en la campaña de Marruecos.

La tercera de las grandes consecuencias del desastre de Cuba fue el recorte del presupuesto militar. La mayor obsesión de los sucesivos gabinetes fue el recorte del presu­puesto del Ministerio de la Guerra, que pasó de representar cerca del 50% de los gastos del presupuesto nacional , duran­te los primeros años de la Restauración, al 25-30% hasta 1909. Este recorte de los presu­puestos incidió, básicamente, en los ca­pítulos de equipo e instrucción, precisamente en los que el Ejército se encontraba en peor situación, provocando que muchos oficiales no contasen con ningún cargo:      

     "Apenas había dinero para la instrucción y maniobras. En algunas guarniciones la mitad de los oficiales no tenían cargo alguno, y muchos otros carecían de ocupaciones precisas. Consiguientemente muchos oficiales preferían que se les dejara sin puesto fijo para poder dedicar todo su tiempo a otro empleo distinto"[3]

Además, no se afrontó ningún tipo de mejora o modernización del Ejército, sino, que de hecho, toda petición o atisbo de reforma en el Ejército producía innumerables quebraderos de cabeza al Gobierno. Lo único que se hizo fue ir tapando huecos, con unos resultados absolutamente desastrosos. Así el Ejército español continuó con una endémica falta de material e instrucción, tema abundantemente denunciado en la literatura militar.

Por otra parte el transcurso del tiempo trajo consigo otra serie de "males", tales como la Redención en Metálico, el fraccionamiento del cuerpo de oficiales y el intervencionismo de la corona.
La existencia de la redención en metálico impidió la formación de un verdadero Ejército Nacional como en otras naciones, al poder determinados individuos eludir el servicio militar, creando una discriminación y un sentimiento de que los únicos que se in­corporan a filas eran "los de siempre".

Pese a que el Artículo tercero de la Constitución de 1876 indicaba que : "Todo español está obligado a defender la Patria con las armas, cuando sea llamado por la ley", en España existía en realidad una completa desigualdad social a la hora de ser llamado a filas. En la Ley de Reclutamiento y Reemplazo de 1885, se estableció una redención en metálico de 1.500 pts. que permitía, una vez satis­fecha esta suma , evitar el acudir a filas. Esto supuso, en la práctica, que tan sólo aquellos a quienes su condición social se lo permitía pudiesen evitar cumplir el servicio militar. En 1912 se publicó una nueva Ley del Servicio Militar, en la que se eliminaba la redención en metáli­co. Sin embargo, esto no trajo consigo el final de las diferencias existentes, puesto que junto a aquellos que debían cumplir el servicio militar se crearon dos tipos de "soldados de cuota": el prime­ro de ellos pagaba 1.000 pts. para cumplir diez meses de servicio en filas, mientras el segundo cumplía únicamente cinco meses previo pago de 2.000 pesetas. Con lo que nada cambió.

Por otro lado, el cuerpo de oficiales se encontró sin rum­bo y fraccionado. Ser militar significaba aceptar un código de costumbres y actitudes morales, pero dejó de ser una ver­dadera profesión, ya que la escasez de medios hizo que muchos de los oficiales no tuvieran destino fijo, y aquellos que lo tenían, no encontraron ni tropas que mandar (en numerosas ocasiones de los 120 hombres de una compañía no se podía contar ni con un tercio a la hora de hacer la instrucción), ni medios que utilizar. Además con el Gabinete de Raimundo Fernández Villaverde se detuvo la adquisición de cualquier tipo de equipamiento militar, situación que duró hasta la llegada del Gobierno Maura en 1908.

Por otra parte se produjo una clara disociación entre la oficialidad, creándose dos grupos bien diferenciados : en primer lugar se encontraban los oficiales burócratas, con todas las connotaciones negativas del calificativo "burócrata", y en segundo lugar estaban los oficiales de filas que cumplían, de mejor o peor forma con las obligaciones que se suponen a estos, pero que se encontraban absolutamente superados por la escasez de material, la deficiente instrucción de la tropa, la falta de recursos y el desprecio e incomprensión de gran parte de la sociedad española. De aquí surgió un enfrentamiento entre ambos grupos al acusar los primeros a los segundos de incapaces y directos responsables de las derrotas sufridas en campaña, y los segundos a los primeros de auténticos "vegetales fósiles" cuyo mayor interés era su "sueldecito", que les dieran los menos problemas posibles y a quienes acusaban de tener una aversión pasmosa de estar a menos de 1.000 kilómetros del frente de combate.

Por si toda esta situación pareciese poco, intervino la corona, así con una Real Orden publicada el 15 de enero de 1914 se autorizaba a generales jefes y oficiales a establecer comunicación directa con el Rey sin tener que informar a sus superiores, con lo que se subvertía la escala de mandos. Aunque la orden en realidad autorizaba la contestación a cartas y telegramas de felicitación o agradecimiento enviados por el monarca, lo cierto es que se fue haciendo común la comunicación directa sobre cualquier tema entre el Rey y "sus" militares, saltándose por completo la escala de mando y como se dice en la Real Orden " [...] sin intervención de persona alguna". Con lo que acabó por crearse una "camarilla real" de militares favorecidos por sus relaciones con el monarca.

Esta era la lamentable situación en la que se encontraba el Ejército español en el momento de arranque del presente estudio, situación de inicio y verdadera culpable de todos los acontecimientos que se produjeron y principal elemento explicativo de las reivindicaciones que planteó el movimiento juntista.




[1] CARDONA G. (1983) El poder militar en la España contemporánea hasta la Guerra Civil. Madrid,. Pág.9.
[2] MOLA VIDAL, E. (1940) : Obras completas. Valladolid,.Pág. 933-934.
[3] PAYNE, S. (1977)  Ejército y sociedad en la España liberal . 1808 - 1936 . Madrid. Pág. 134.